sábado, 13 de febrero de 2016

Ave, Cupido, morituri te salutant

I
 
Otros hablan. Ríen. Presumen entre ellos sus hazañas en otras arenas. Con orgullo ridículo giran su impura arma; vociferan en hiperbólico número las flores cuyos pétalos se han rendido a sus pies. Otros no se engañan: son el volcán, son la ira, la fuerza. Otros se descubren el pecho, limpio de heridas, joven e hinchado. Otros son el hombre.

II

Yo la alcanzo a mirar a través del enrejado que separa el bullicio de la arena donde el mundo cruel nos verá pelear, brillar, triunfar. Somos un espectáculo. Siempre seremos tema de conversación, siempre los pasos de otros estarán atentos a nuestros pasos firmes, de acero. Yo sólo la miro. Pasa su mano tras su oreja. Se acomoda el cabello. Es curioso: se ve muy bien con la túnica de pálido mármol. Sonríe. Siempre tiene una sonrisa. 

Ella no lo sabe, pero sonríe para que nadie note su corazón quebrado.

III

He mentido. Yo no brillo. Yo no triunfo. Soy el gladiador que nadie conoce. El que nadie sabe que sigue ahí. Mi pecho es débil. Lo oculto para que nadie lo vea tatuado de cicatrices y marcas de convalencias antiguas. De mi no se habla. Yo no existo. Otros hablan, gritan. Otros se han tirado a dormir. Yo le temo a la fama.

Quizá lo soñé. Alguien, una vez, creyó verme. Pero sí fue un sueño. No hay flor que lo confirme.

IV
Ella sonríe. Se ha sentado en el estrado de Sia. Ella es el papiro. Ella sonríe. Sabe que el espectáculo de abajo no le corresponde. No es para ella. Ella estará detrás, mirando a quienes miran; evaluando a los sedientos de lujuria e información falaz. Se ha sentado. Sin prisa, la bebida oscura recorre las jugosas grietas de unos labios que se han sellado; el mar la besa. Sin prisa, desabotona del racimo la uva más negra. Sin prisa, sus labios capturan la uva. Su beso es la muerte. Y la uva sangra por la comisura de sus labios. Pero ella no la está besando.

V

Ha salido. Su nombre es vocativo. Ave!, le ovacionan. Algunos se abalanzan y los guardias deben recurrir a la violencia para retirar a la gente. Él porta el carjac. El terrible carjac. No importa. De este lado tengo su nueva herida. Habla. El vulgo aulla. Se desmorona. Exigen espectáculo. El trofeo voluptuoso: el canon.

Si no quieres ese oro, si no quieres laureles, si no quieres la Victoria, ¿por qué luchas?

Un trofeo desnudo. Trofeo vulgar. 

Lucho por quien no me verá triunfar.

VI
Suenan las trompetas. Nos recibe la ridícula fanfarria. Las puertas se abren, bruscas. Liberan a la bestia. Estampida. Salgo el último. La arena ruge. Las espadas ajenas relucen, imponentes, ante el riesgo mínimo. Se lucen. El público se engaña. 

La derrota sabe a la grava que alguien, accidentalmente, ha manchado de sangre propia. Sabe a metal. Sabe a grandeza. Sabe a calor. Sabe a silencio. Sabe a horas de inmovilidad. A frío.

Las batallas más grandes comienzan en el silencio. Se forjan en la soledad. Quien batalla, calla. El silencio es aliado. Y verdugo. La primera ofensiva es la propia. Hay que vencerse. Imponerse al miedo. A la mediocridad. Al dolor. La soledad es elixir. Y cicuta.

¿Existes? No.

VII
He salido. El sol siempre hiere a quien se ha acostumbrado a la noche. Nada existe más que ese mechón que saluda al cielo tras el papiro sabio. Nada es más que esa sonrisa. Esa que junta los pedazos de un corazón quebrado. Esa que empuja. Esa que piensa. Esa que deslumbra desde el pico de aquella montaña que una leyenda vieja ha convertido en la casa de la canción. Nada más.

Ella es.

Ave, Cupido, morituri te salutant


miércoles, 3 de febrero de 2016

La marcha de la derrota

I

De la entraña nacida sombra,
funesta a la garganta asciende
y asfixia.

Es la guerra.
Bella. Como una luna que se ha lavado la cara
en sangre.
Radiante. Risueña. Seductora.

Las armas quebradas, con nueva voz, tililan.
Repican y cantan
un canto viejo:
el que hizo al hombre.

–Somos hijos del odio,
de la muerte,
del terror;
la guerra nos ha formado–

Una espada de nombre olvidado
–y por eso mismo, hermoso–
de pronto sonríe
y su fulgor súbito, de fuego y rosas,
ilumina en seductor rojo la noche clara.

La luna ondea en el horizonte azul.
Una estrella se desprende de ella
y cae como una lágrima.

Funesta, hermosa. Es la guerra.

II

El guerrero tiene en el alféizar una rosa.
Afuera, los tambores.
Uno, dos, tres.
Marcan el ritmo de la marcha a las llanuras
donde las armaduras se oxidarán, más adelante,
bajo la lluvia.

Estremecen los cristales de azul noche,
la rosa tiembla apenas: uno, dos, tres.
Palpita.
Un corazón al que se le caen los pétalos.

Al pie del florero resquebrajado,
un hilillo de sangre se precipita al olvido.

III

La rosa muestra su aroma
cargado de dolor y luz
mientras el guerrero interpreta sus pétalos marchitos.
En las oscuridad, detrás suyo,
los trofeos gloriosos de sus derrotas:
un escapulario de cuentas diamante
que portó la desconocida niña que sonrió hace tanto;
la partitura a una canción que se ha olvidado;
una hoja manchada de quien se pinchó el dedo
para verse más hermosa;
una estrella que se apagó en cuanto tocó tierra.

En la mesa, abierto aún, el Inferno.
Sus tercetos acarician
y el guerrero tiene miedo de cerrar el libro
porque sabe que tiene que estar ahí,
en esa página, esperando a que regrese de la cruel, dichosa batalla.

IV

Cuando marches al Hogar del Fuego y las Luces,
ven a verme en el Puente de la Vida, le dijo.

Lo más bello de ella es su risa.
Su risa son cascabeles.
Su palabra es la de Palas.
Y en sus ojos hay un cansancio bello,
el del primer sueño,
que sonríe a la par de sus labios.

Tiene su pañuelo.
Verde bandera y blanco.
A veces lo coloca junto al pecho
sin aparente razón.

Lo más bello de ella es su risa.
Cascabeles.
Y un mechón –siempre es un mechón–
que sonríe al cielo con ella.

V

Los pétalos marchitos son el lecho de la muerte.
Una tumba que se olvida.

Hace frío.
Uno, dos, tres.
Se alejan los tambores.
La sangre se ha secado.
Dante sigue abierto.
Pero el guerrero no ha salido a marchar.


lunes, 11 de enero de 2016

Pulchra bellum

Silencio. El que ya conoces. Ese que hace eco entre las armas rotas de una derrota más. El viento es una mera pincelada poética que despeina la tristeza y las cenizas que danzan en el aire oscurecido no iluminan esperanza alguna pues te has vaciado ya, sin la gloria digna de una memorable caída, de ella toda. El cementerio habitual de tu errada concepción de plenitud.

Tu filosofía es un veneno. Una lectura equivocada. Una soledad cegada por el orgullo. Una diacronía mal cantada ya por poetas torpes y lectores apiadados de tu pública flagelación.

¿Qué placer es el tuyo, que con incomprensible o incomprendido orgullo marchas a paso frustrado, inseguro, a derrotas cuyo sabor asumes del amor triunfo? ¿Qué dolor bajo el dolor que inventas ocultas y piensas, solitario, en sonoras piezas, en lloviznas que haces tormentas, en palabras vacías que haces plenas?


¿Qué derecho tienes para levantar el rostro si toda caída la haces dulce, si no te cansas jamás de luchar y caer, guerrear y caer, pelear y caer, marchar a las trincheras y caer, eternamente caer?

Silencio. Atrás queda para siempre la estrella. Estrella, adiós. Una nueva luz entre las sombras de ese campo, como navaja, hiere apenas las sombras que has abrazado con inexplicable arrojo. Un nuevo aroma irrumpe sutil apenas, como un concierto delicado de cuerdas que se escucha en solitario. Una nueva razón.

Alzas la cabeza...


sábado, 2 de enero de 2016

Veinte quince

Uno necesita cerrar una ventana para abrir otra. Así funcionan las cosas. Por eso hacemos rituales, muy a nuestra manera, para terminar el ciclo de un arbitrario sistema calendárico impuesto por el buen Gregorio. Todos hacemos rituales. Todos. El mero acto de tomarse un momento y mirar atrás, aunque no conlleve calzones rojos o borregos tras la puerta, es un ritual si se hace cada diciembre, con más nostalgia a cada año que pasa: cada año somos más tristes.

Este es un ritual. Nadie está obligado a quedarse. Aunque público, el ritual siempre es íntimo, siempre termina por convertirse en una desesperada comunicación con lo que, quizá, no entedemos del todo.

Desde el INEA, con ardor
 
De acuerdo, de acuerdo. Empiezo con INEA porque realmente vino a ser un elemento que rompería mi aburrida vida de antaño. Sí, era aún más aburrida. Imaginen, si una basura de institución vino a colorear mi horizonte, entonces realmente me hizo falta ver más bax. Qué remedio. Lo he dicho antes, creo: culpo a mi viciosa inercia y a las extraordinarias causalidades y casualidades que me han rodeado desde que tengo uso de una razón más o menos coherente. Eso o me hicieron mal de ojo, lo cual me parece más lógico.

En fin, INEA. Puaj. Al final resulta más complicado, pero es culpa de mi decimonónica actitud. Con todo, fue muy lindo... darme cuenta de que no tuvimos vacaciones de verano, sólo de invierno. Que es cierto que hablo mucho por acá y que hace falta más acción. Que la gente es agradecida, o a lo mejor sólo me quería sobornar con bolillos. Que somos pocos, no hacemos ruido y ni quien nos pele, pero somos lindos. Que hay cosas buenas y nobles en este mundo y que no están en la tesorería del Instituto Nacional de Educación para los Adultos. 

Que, bueno, ojalá en un futuro se contraten a gente capacitada y no a cualquier hijo de vecino, como yo. Cosas de ese tipo.

He dicho antes que no sé si los niños me enseñaron algo: lo mantengo. Quizá, no muy en el fondo, me caen mal todos. Es posible que me crea superior a ellos en todos los sentidos menos en el del perreo, pero los estimo. No son diamantes en bruto (muy, muy en bruto) a pulir. Son diamantes que ya deslumbran y que sólo hay que conocer cómo apreciar el brillo. En verdad no sé, no tengo consciencia real de que haya aprendido algo de ellos. Mas una cosa es segura: creo que me hicieron más humano.


La última y nos vamos

Salvé el semestre. Supongo. Toda una hazaña, si miramos un poco atrás y vemos cómo nos andábamos desmoronando. El 2016 será el último, al fin. Basta ya de rigores, mi bien. Sobre la academia he hablado ya. No me quiero desdecir del todo, pero casi no me arrepiento de no haber hecho lo que hice en 2012 mucho antes, como por ahí del 2005. No puedo decir de a cómo me hubiese tocado en la ruleta, seguramente no estaría escribiendo esto, pero quizá hubiese sido más felice. O quizá hubiese estado muerto. No puedo llorar sobre lo que no pasó.

Salvé el semestre, decía. Le puse algo de sentido a mi idea de la tesis (ya casi voy a la mitad del Episodio 0). Hubo cosas de las que no me salvé y de las que contaré más adelante. Con todo, no estuvo tan mal. Me hice amiguito de Tsutsumi. Y de Yoshi. Develaron una placa con mi nombre en ningún pinche lado de la Facultad, pero al menos ya me saludan con menos duda los profesores. Considerando lo antisocial que soy, fue épico. Ajá.



Toxicidad al 237%

Si las cuentas no me fallan, este año hubiese cumplido 100 mi abuela paterna. Nada mal. Creo que los Olmedo tienen el gen de la inmortalidad: los bisabuelos también rozaron la centena. Sin embargo, este año todo pasaron por cuchillo o fueron nota por su temporada en el nosocomio. Bueno, no todos, sólo bastantes más de lo que se consideraría normal. Hasta el bebé. Todavía tiene la marca y me da cosa tocarle. Es un lindo bebé.

Uno se pone a pensar en lo efímera de la vida. Que, terriblemente, ninguno de los que brindaron en la cena navideña 2015 será eterno. Afortunadamente, quiero decir. La inmortalidad huele espantosa, sobre todo si Borges hace un cuento con ella. Honestamente, yo pensaba que este año se nos iba a ir alguien. No pasó, pero en cierta forma estoy preparado.

Miento: no lo estoy. Admito que me da miedo que nos deje mi otra abuelita, la única que me queda. Dios tiene mucho de hijo de puta. Me da miedo, pero al final pienso que ella no merece eso. Que al final, lo mejor es descansar...



 Ode an die Freude

Es chistoso porque es cierto: nunca me había metido en tan ridículos chismes, dignos de una telenovela donde de algo minúsculo se construye toda una teoría de masculinos malvados y féminas inocentes. Además, viví la propia. Lo bueno es que, en verdad, sólo fui depositario de confesiones y vertedor de otras. Fueron momentos divertidos, sobre todo lo de los amiguitos nuevos porque todas sus sospechas eran, al final, una mala interpretación de algo francamente vago. Pero le échabamos fuego a la hoguera: "Sí, seguro se está revolcando con otra. U otro." Cosas así, bien lindas.

Del otro frente era mucho más complejo porque ellas todas tienen ya muy desarrollada la cuestión de la interpretación. El colmo fue la vez que se andaba interpretando una selfie. Hermenéutica de las selfies.

Fue un buen año para la amistad. Digo yo. Conocer nueva gente te puede hacer mucho más amargado si equivocamos el tiro. Mmh, no pasó...



Honor a quien wherteriano merece

Boom. El año pasado me despedía de mis intenciones amorosas. Fue.. violento. Quiero decir, fue un silencio violento, oscuro. Un momento de intenso asco por la propia miseria, un suspiro regulado de ira al fin permitida. Normal.

A principios del 2015 decidí seguir. No era el fin del mundo. Bueno, sí, pero se acaba y ya. Todos mueren y no hay fijón. Entrar al INEA me distrajo, ciertamente. Pero seguía siendo irremediablemente yo. Y... bueno, la distracción no distrajo lo suficiente. Otra vez la burra al trigo, dice la sabiduría popular. Yep.

En mi defensa, debo decir que aún ahí, en el regreso, me dí permiso. En serio. Incluso esa vuelta a atrás fue más o menos tibia. Aunque a fuerza de no "traicionarme", negase a muchos ratos esa licencia. Fue difícil. Fue como componer una oda a la derrota. No habría laureles. Fue una lectura errónea adrede. Fue coronar hiperbólicamente lo difuso y hundir acertadamente lo conciso.

Me dijeron en una gris ocasión: "Lo que pasa es que eres demasiado noble." Es chistoso. Ser lo que se espera que se sea termina por ser lo que no se escoge. Bueno, la verdad no conozco otra forma. No puedo ser diferente. Me explicaban algunos vericuetos del amor: ninguno lo entendí; se ama, punto. Lo tomas o lo dejas, no inventas barrocas excusas para justificar un miedo del que la otra parte no tiene la culpa.

Hablo en pretérito. Casi un año después de decidir mi derrota, la decido de nuevo. Quedaron un par de preguntas sin resolver. Curiosidad histórica. Pero no.

Avanti.



En resumen

El balance es... Es. Así. No quiero caer en la relativa hipocresía de que todo fue un apredizaje porque de igual forma seré más o menos igual este 2016 que en el 2015. Sin embargo, algo habré recibido. Por ello, gracias. Algo habré dado. De eso, espero que haya sido para un bien mayor.

Simple. Hasta pena me da. Pero supongo que refleja muy bien la palabra que no quise poner: insípido. Parecería malagradecido. Y la verdad no. Parafraseando al buen Yisus: "En verdad os digo que en mí tendrán una lealtad a prueba de todo." A pesar de mí mismo.


viernes, 27 de noviembre de 2015

Nocturno noviembre

La muerte le llegó en noviembre.
Cayó de cara al cielo,
con elegancia.
Dios había cerrado la bóveda celeste,
una noche oscura se le metía por los ojos
asfixiando la poca luz que aún recordaba.

Hacía calor.
Le faltaba sed.
Dicen que arañó la tierra,
la sostuvo como si temiera percipitarse al abismo de arriba.
Ensayó un aullido de animal herido;
quería conocer su voz.
Silencio.
Quiso conocer sus lágrimas.
Arena.

La muerte le llegó en noviembre
y una canción llena de pausas
se perdía, sola, en la inmensidad el vacío.


lunes, 9 de noviembre de 2015

Signo

Te amo.
Puntual. Terrible confesión
que asombra y asusta por su belleza
—la de un rayo de sol que acaricia la última noche—,
sentencia creadora, similar a la voz que se oyó primero en el caos.

Te amo.
No preguntes cómo.
Pasó.
La ventana dejó pasar demasiada luz
y fue bueno.

Te amo.
Las canciones se agotan
para describir lo que no puede ser descrito.
Ninguna tiene voz,
todas son ritmos,
pausas.

—No existe el significante
para tal significado—

Te amo.
Vacío de mí,
me quedas tú.
Supliendo un poco menos de mí en mí.

Te amo.
A momentos cortos
y espacios largos, como un sueño sin colores.
A palabras precisas
y pausas ambiguas.
A tantas ganas de estar
y tantas estrellas de distancia.

Te amo.
No preguntes cómo.
No hay significante
para tan dulce significado.


sábado, 17 de octubre de 2015

Semiótica

Intento ver tus palabras
ocultas tras un cristal
empañado de vaho triste y lluvia lejana.
Tus vocablos aderezados en contextos ficticios
frágiles,
sujetos a un supuesto sobre un supuesto,
iluminan y matan,
oscurecen y resucitan
simultáneos,
consecutivos,
retrógrados,
adelantados.

Si en la palabra rosa está la rosa;
en tus espacios,
en tus comas y puntos,
en tus dativos,
en tus verbos,
en tus adverbios
que miden —sueño yo—
la cima más olímpica,
—un "te quiero mucho" puesto aparte,
hecho a mano,
original,
flamígero—,
está entonces el significado más puro
de cada una de las cuatro letras
que un buen hado llamó "amor"...

Pero es un cristal empañado
por el vaho triste y la lluvia lejana.
Y francamente sólo espero
que vengas a este lado, quizá a mirar,
quizá a conjugar.


viernes, 21 de agosto de 2015

De cuando las buenas ideas parecen malas en la teoría y todos terminamos llorando




Para un compendio de los innegables logros del INEA, acá.

Plaza Comunitatia de San Changotitlán de las Castañas, INEA... O Centro de Alta Ingeniería y Repostería, ya no sé muy bien de qué va la cosa. Usamos nombres ostentosos para mostrar lo que no somos, quizá también ocultar lo que somos. Le atiende, con todo susto, Daniel. Dani para los cuates. Däsderf para sólo una persona. Le vengo hablar de tristezas.

Somos INEA. La frase es cursi, por no decir asquerosamente cursi, pero sustancialmente cierta. Somos INEA, Distrito Federal. San Changotitlán de las Castañas, un pueblito que está al pie del cerro y que todos aman, menos yo; casi lo odio.. Desconozco los códigos númericos de la Plaza Comunitaria, pero sé que al final eso es lo menos importante. En mi opinión, la verdadera definición de INEA no está en su rostro numérico, estadístico o administrativo. Quiero decir, las cosas pueden funcionar sin cabeza. Como esta gran Nación. Que funcione bien o mal es otra cosa. Pero si mal que bien la cosa camina, es por los que se parten algo más que el alma desde los cimientos, los que tienen como tarea ensuciarse, los que sostienen con su propio esfuerzo lo que la supuesta cabeza ha creado.

O sea, el trabajo de los asesores, técnicos, promotores, encargados de plaza, informática… Sin ellos, ¿qué sería de los ostentosos y bien amados jefes? Uno como sea puede ir a la casa de quien necesita de conocimientos académicos y ayudar. Es cierto, no tendría un papel, pero alguien bien preparado puede presentar un examen fuera de la sacrosanta paternidad del INEA. Los directivos son prescindibles. O esa imagen han dado. Quizá es un problema social. Aunque es evidente que no faltan ejemplos en donde tanto bases como cabeza se sientan uno sola. Creo.

Pero acá no se habla de la poca cercanía entre jefes y esclavos… empleados, quiero decir. Primera porque no me consta (y poco quiero hacer para sentirme “cercano”) y segunda por que la intención era únicamente notar que, los que hacen el auténtico trabajo son los de abajo, no los de arriba. Fin.

Uno entra al INEA para hacer un bien, no para hacérselo. Lo cual es más triste de lo que suena: la noble tarea de dar luz a quienes se les ha negado, tiene el calificativo de voluntariado y no merece ser renumerada con relativa dignidad. Combatir el rezago educativo es, dentro de esta lógica, un acto de caridad no una digna profesión; un entremés, no el plato fuerte. Los rezagados valen tan poco que quitarles lo rezagado tampoco lo vale. 

Entiendo, los recursos son mínimos. O eso quiero creer. Lo cual no quita lo triste. El voluntariado es una farsa amable: como no se puede pagar dignamente a personas capacitadas para la labor, bastan entonces personas con secundaria para tomar el papel de asesor. O personas con todo corazón y nula ortografía para alfabetizar. No es culpa de ellos, ciertamente. Culpemos a los jefes, que consienten semejantes desfiguros. Culpemos a inequitativa tómbola presupuestal, a la ridículamente pésima administración de recursos por parte de cada una de las unidades. ¿O es que también ellos tienen el mote de voluntariado y, entonces los filtros para designarlos son tan tibios como los de la quirúrgica labor de enseñarle a otro ser humano?

Queda claro que el INEA no puede procurarse de excelencia por la simple razón de que no cuenta con algo en los bolsillos; es posible que a veces ni bolsillos haya (LOL, y eso; ni si quiera me lo ando creyendo). ¿Cómo entonces exigir maestría si no se procuran de maestros en tal arte? Me ha llegado el no agradable chisme de que algunos asesores sufren con álgebra. Rectas en el plano, despejes, sistemas de ecuaciones de dos variables. En la secundaria yo aprendí a manejar los dichos sistemas con tres variables y también a resolver ecuaciones de segundo grado. El módulo de Operaciones avanzadas es presuntuoso. De avanzado tiene un mínimo. Y con todo, no podemos culpar a aquellos asesores tan temerosos de las parábolas: INEA fue permisivo.

No quiero decir que todos los asesores somos ineptos. Yo lo seré un poco (jajajaja), pero lo admitiré y trataré de revertirlo. Creo que la idea es extensiva para mis compañeros de trabajo: no somos perfectos, pero podemos con la tarea. A pesar de los ridículos objetivos, hiperbólicos a más no poder. Objetivos que en el párrafo que se enumeran son poéticos, una Divina Comedia. Estupendo. Salta a la vista que se le exijan laureles a quienes tienen todo el derecho de sentirse sobrepasados. 



Aunque no ceda ni una sílaba de lo que hasta ahora he expuesto, quiero indicar que el verdadero problema no radica en la reiterada cuestión de la preparación, la cual de todas formas preocupa, sino en la exigencia como tal. Me han contado los des-propósitos de las plazas comunitarias. Se exige, al año, cierto número de inscritos, cierto número de acreditados, cierto número de alfabetizados. Alguien más arriba de los que leerían esta carta cree que calidad es igual que cantidad. Decir que peca de estúpido no es pecado.

Olvidaba que al personal del INEA se le tiene en constante preparación. Cursos por aquí, cursos por allá. Estuve en dos además del inicial, uno por accidente. El de alfabetización se me hizo algo magro. Perdóneme señor Frito. Freezer. Freier. Guateber. Alfabetizar no será jamás tomar una receta y preparar unas enchiladas. Para el caso, cualquier simio más o menos entrenado puede restregarle el alfabeto a otro. No quiero extenderme más, en parte porque no encuentro los argumentos, en parte porque de esto no se trata aquí. Baste que se sepa: los cursos no serán suficientes si no hay una preparación previa de más galleta. 

El otro curso, el de accidente, trataba de cómo se entra al SASA, al SESE, al SISI y esas cosas. Fue la cosa más aburrida y lamentablemente más mal hecha que he visto, y eso que he visto cosas que sería blasfemia recordarlas aquí, pero eso fue culpa de otros.

Nos piden números, decía. Poco les importa revisar si dichos números son medianamente objetivos o no. Ante la exigencia idiota de las autoridades más entronizadas, cuyos pagos jamás se atrasan, presionan a quienes a sus pies se encuentran más por mantener sus cuellos en su lugar que por un interés medianamente sincero por los que andan en las despiadadas garras del rezago educativo. A los últimos en esa cadena alimenticia sólo nos queda ver cómo la meta se disuelve como se disolvieron antes las esperanzas de hacer del INEA algo menos ligado a aquello que pretende no ser y algo más cercano a aquello que debería ser. O aquello que creemos debe ser. Porque, francamente, esperar números fijos y no porcentajes, por ejemplo, de una población dada, raya en la ineptitud logística. Sobre todo cuando la experiencia ha dictado que, de cien personas informadas, veinte se toman la molestia de registrarse y sólo acaso cinco se toman la molestia de tomarse en serio el asunto.

Las quince que hacen la diferencia son las que se fueron cuando se dieron cuenta de que no está del todo claro cuánto dinero les van a dar por hacer sus exámenes. No sé qué es más miserable, si esperarse seis meses por mil pesos, o ofrecerlos como si fuera una beca digna de llamarse como tal. Ofrecer dinero como gancho crea un interés económico y no intelectual. Eso me repugna. Ardo de ganas de preguntarle a cada educando si están ahí por un beneficio económico; si me lo confirmaran, los mandaría por donde vinieron. Las becas son a la excelencia, no para satisfacer números ante mamá SEP; son incentivos para avanzar, no limosnas para satisfacer lo mínimo. INEA no debería caer tan bajo.
 
Si vamos a ofrecer calidad, aunque los filtros sean tibios, que se pague calidad. O la mínima: que se pague a tiempo. El trabajo se hace. Creo que se hace bien, pero esa es cierta una percepción contaminada por la subjetividad. Siendo coherente conmigo mismo, los números serían también engañosos, aunque fueran estupendos. La realidad está en los educandos: que a ellos se les pregunte.

Por otro lado, ¿con qué cara pedimos metas a sabiendas increíbles y todavía negamos la poca renumeración tan dignamente ganada? ¿Con qué cara ofrecemos endebles disculpas cuando no se disculpan los dígitos que no colman el plato barroco y caduco? Seriedad, por favor. Desde la comodidad de las pantallas, en redes sociales, o en la confidencialidad de la camaradería, en los círculos sociales verdaderos, criticamos mucho. El gobierno es nuestro blanco favorito: ineptos, corruptos, rateros. Por favor, no caigamos en aquello que critiquemos. Somos mejores que ellos, aunque se trate de cuidarse la espalda y no cuidar al prójimo.

Tengo algo más. Es mi favorito. La necesidad de ofrecer a este país la alfabetización tecnológica. Wow. Suena a una nación de hackers... no cierto, suena a que vamos a enseñar cómo entrar al Facebook y etiquetar gente. O a que al fin podremos explicar con manzanas qué cosa es Twitter. No está mal, lo malo es que, generalmente, quienes entran al INEA ni computadora tienen. La onda tecnológica, que se asemeja a una onda New Age, raya en lo absurdo: exámenes en línea, todos. Opción múltiple. Matemáticas en opción múltiple. Chido. Hay más. A los educandos se les arranca de las manos los módulos (libros) y se les pone frente a una puta computadora. La chingada cabeza de los pinches genios detrás de esta estupidez equivocación no ha descubierto que ningún educando va a asesorías si estudia en línea. A la hora del miserable examen, reprueba. Por pendejo inocente: tiene dudas y no pregunta. Luego, INEA mete una miserable noble campaña de fomento a la lectura donde prácticamente obliga al simio aprendiz educando a leer algo para tener derecho a ese puto examen. ¿Dónde carajos nos perdimos que un reputo fomento es una jodida obligación, creando así una aversión por la lectura, más que un pinche gozo por ella? ¡¡CAGAJOO, PUTA MAGHE!! (como diría el Tuca).


 
Oh, todavía hay más. A ciertos elementos del notable Centro de Alta Ingeniería y Repostería NO LES PAGAN si los objetivos antes desglosados y a los que se suman los de la tecnología, no se cumplean. Dios. Nos. Ampare.

Terminemos. Ya me tomé mi clonazepán. Reordenemos. Queda claro que los jefes, en este ejercicio del conocimiento, son desechables, la verdadera carga queda en los de abajo. Queda claro que no se pueden pedir exquisiteces cuando el presupuesto es triste. Queda claro que las estrategias para capturar la atención de los académicamente rezagados es una soberana necedad, por no decir palabras peores. Queda claro que, con todo, hay gente que hace su trabajo. Loop al principio: ergo, quienes merecen al menos la mínima consideración para con sus pagos, pequeños cierto, comparado con la nobleza de este oficio, y por eso mismo mucho más costeables que los ya sabidos, son los que, digamos, se ensucian junto al educando.

Pero, ¿tiene la autoridad moral, laboral, académica y eladjetivoquesea un asesor que va unas doce horas semanales al INEA de hablar tanta basura de tan respetado burócratas educativos? No. Yo qué. Yo ni sé de pedagogía. Dentro de mi lógica, sería un buen candidato para dejar mi puesto a cientos mejores. Aunque sepa de sistemas de ecuaciones, literatura novohispana o sobre otro cúmulo de conocimientos reducidos a la obviedad en un... .... examen de opción múltiple.

Pero, honestamente, no hablo sólo por mí. Mis compañeros, que se parten los sukupuolirauhaset mucho más que yo, incluso en la abulia intelectual de este San Changotitlán de las Castañas que tanto no amo, ellos tienen mucha más cara que yo para quejarse. Mas, somos un equipo. Y como tal, estoy con ellos; exigimos lo mínimo. Mínimo. Como dije, a pesar de estar quizá sobrecalificados, estamos aquí para hacer un favor al prójimo. Y pueden creerme que lo hacemos con toda la sinceridad.

Algo que quizá haga falta entre más arriba de la pirámide se escale.

martes, 28 de julio de 2015

Uldráen de Ainstrevel, 1134 DCT

Una tumba,
sueño irascible que el rey
tradujo en lanzas y legiones negras
que marcharon de sol a sol al puerto blanco.

En el lecho blanco
el hijo duerme;
no escuchará jamás
el choque, el crujido y el grito.
No sabrá que en su nombre
mueren quienes serán alimentados por los peces al atardecer.
Ni una lágrima derramará
cuando en agónico suspiro descienda
la corona con su apellido
y se ahogue para siempre en las aguas enturbiadas de sangre
y se ejército se bata en desordenada retirada.

No sabrá,
—el lecho es muy frío—,
que las puertas de su antiguo palacio
arderán en venganza un marte cualquiera,
ni que el pendón extranjero,
el de la casa de Oghëë
borrará su nombre y el de su nación
de los libros y las eras
por tristes y largas
treinta y dos generaciones.


martes, 19 de mayo de 2015

Contrato

Establecimos un contrato,
tú y yo;
un documento escrito bajo el amparo de tintes solitarios:
estrellas;
una relatoría de fragmentos
que hice grandes a fuerza de símbolos:
esperanzas;
un ultimátum cuyo delgado margen
tuvo por tinta lágrimas de odio,
letras fueron llanto de pena,
firma, de amor.

Era un manuscrito implícito,
que conocías en mis pensamientos
menos racionales
y visiblimente más poéticos:
no sabías que lo sabías.
En él, escindíamos;
cortábamos el rojo nudo
que tenues tonos habían forjado:
careceriamos de mutuo significado.
Huecos.
Sombras.
Ceros.

Entonces
dime porqué
malditamente

tu rastro es el de una lágrima
que se avergüenza de extrañarte.


jueves, 14 de mayo de 2015

Nota al pie

Descubrió que, en el enunciado de su derrota,
había una nota al pie
apretada, minúscula;
contundente.

Brillaba con opacidad omnipresente;
era una sombra que no pasaba inadvertida
y trascendía más allá de las glosas pomposas
que detallan el fracaso
inmoral y apoético
de una historia ignorada.

El texto todo, salpicado de tinta sangre,
envilecido con caravanas heroicas,
insostenible por su grandeza guerrera,
terminaba en adjetivos ociosos
y ecos agotados que suplicaban sin honra el fracaso total.

Y la nota al pie rezaba:
esperanza.


jueves, 26 de marzo de 2015

Jacaranda

Agoniza la noche. El viento y la lluvia han despejado el cielo y una luna como sol de mediodía inunda con su luz la calle cubierta de jacarandas. Una alfombra de aromas lilas y frescos ahoga el empedrado y es como si un río de flores se hubiese detenido para dejarse observar por las estrellas que aún gotean agua cristalina.

Hay un silencio hermoso lleno de suspiros pacientes, de sonrisas enamoradas, de sueños que se desprenden apenas de las alcobas para dejarse atrapar en los primeros segundos del amanecer. Pero todos, aún, duermen. 

Ella sale. Bella como si reflejara la luna, suave seda acaricia su silueta que es un aleteo. Desnudos los pies, pisa sobre el mar de flores que expulsan su néctar, ungiendo los pasos de un ángel. Ella sonríe. Extiende los brazos, recibe gustosa las últimas gotas acompañadas de pétalos que danzan una antigua canción. Se posan en sus hombros desnudos, resbalan por sus brazos, abrazan la seda y se sueltan de improviso acompañando el giro de quien ríe, enguirnaldada un por rocío prematuro; una flor bendecida por la noche. 

Hay un silencio hermoso. Ella se deja caer, cara a la luna. El colchón florido la recibe con la potencia de su perfume y agradece su calor; ella agradece su frescura. La luna refleja el color de la jacaranda. Su seda es flor cristalina.Cuando amanece y barren la calle para que pueden pasar los carruajes, ella vuela al este, convertida en mariposa.

martes, 10 de marzo de 2015

Volver a pelear



El campo es ruina.
Apilados, los restos de una guerra dolorosa
son púas de las que se han saciado las prontas aves de negras alas.
Escombro de metal,
astilla de torre,
ceniza orgánica.

Sangre fresca.

Alguien ha dejado un estandarte incrustado en la tierra.
A sus pies, florecen mariposas blancas
y una sola rosa, teñida del escarlata líquido,
se inclina suave, besando la base.

Le sabe a derrota.

Alguien camina.
Crujen bajos sus pies las voces quietas
que hacen eco en un terco recuerdo.
Toca en silencio la tela aún suave
de los colores que defendió
entre sollozos silenciosos
de sombras confusas.
Y suspira.

Sopla el viento.

El suspiro se interrumpe.
Se corta,
en el aire quedan dos sílabas
que caen como una canción triste.
El viento del este
levanta las mariposas
y atrapa en un abrazo
pétalos y madera.
Tiemblan las ruinas
y late dolorosa el corazón cuando,
un aroma,
un nombre,
una mirada
y un recuerdo
viajan desde un amanecer de bugambilias
que quieren volver a pelear.

Otra vez.

jueves, 5 de marzo de 2015

8 Marzo

Calla, mira.
Lo sé. Hoy se anuncia por todos lados
como vulgar propaganda
las maravillas de tu género.
Debate. Polémica.
El discurso se ensucia:
furia, ideas ajenas,
ganas de destacar en un ring plagado de equívocos.

Pero tú...

Te coloco desde ya aparte. Ajena.
Sobre todas las demás.
Única y mágica.
Un sueño azul
sobre estrellas confundidas
de pseudolibertad y frases hechas;
caótica dulzura
sobre ordenadas razones
de hipocresía y paradoja.
Tú. Mujer sobre toda musa o ángel
sobre toda flor o joya
sobre toda coherencia u orden

tú, mujer sobre toda mujer.

Pero tú...

cuando miras al mar bravo desde el faro luminoso
o al horizonte pulcro desde la torre plata
o a la nube envinada por el beso del primer lucero


no miras
a donde esta pluma se desangra
de tantas victorias mínimas

de tanta derrota orgullosa.

martes, 24 de febrero de 2015

Titán

Y me levanto.
De aquellas regiones tan conocidas
por la costumbre,
de las que han germinado grises notas
con lágrimas bebidas al ras,
me levanto.
De la noche sin luceros,
de los laberintos casuales
cuya consecuencia es el vacío,
de las mínimas oportunidades
en máximos fracasos,
de los libros santos que al enemigo humillan,
me levanto.

Por enésima vez tomo las cuentas
y en extraños idiomas te canto, Dios,
para que alivies mis heridas.
Pero no.
Por enésima vez, también, me levanto de ti.

Caeré.
De nuevo.
Mi epíteto es la derrota.
Y me levanto: orgullo.

Mi canto persiste,
espía la victoria.
El silencio me recibe,
callan en lo Alto y en lo Bajo;
el infinito es vacío.

Y a cada caída, con más furia levanto el rsotro.
Derrota segura:
hacer bella a la Muerte hermana.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Dos silencios

Soy una sombra entre tantas,
soy ilusión.
Soy el eco de un canto olvidado,
mínimo,
gris
—el tiempo mismo ignora
si el canto fue alguna vez bello:
hoy es vacío.

Soy el reflejo de un instante,
luz que a nadie lumbre,
cuerpo olvidado por las valquirias cegadas de otro resplandor.
Soy opaco.

Soy soledad.

Mas te busco.
En las noches de luna, donde ella no viaja,
te busco;
en los minutos primeros, que todos obvian,
te busco;
en los sueños oscuros, que todos olvidan,
te busco.

Una soledad que busca a otra
en cada gota de lluvia
que cae por accidente
o en cada palabra ignorada
de un discurso maravilloso



y espero encontrarte.

La suma de dos silencios hacen suspiro.

jueves, 5 de febrero de 2015

Verba amoris

¿Qué eres?
Vaga tu silueta, se pinta en las sombras
de un cuarto oscuro y frío
donde la luz es un líquido que flota y pinta signos admirables
e incomprensibles:
los símbolos de tu nombre.

Te leo.
Eres un sueño incorpóreo de plata y noche,
un aroma fantasma de rosas y guerra,
una estrella fija más allá del infinito.

En ti se vierte todo,
todo de ti emana;
te sometes a Dios
y también lo derrotas,
te descubres en una palabra y
también te ocultas en todas;
nada te define
y el silencio lo hace.
Eres la nada y el infinito.

Tu mejor lugar es la noche
es poesía
es la luna
es la batalla
es la flor.

Eres canto,
lágrima
y pluma;
divinidad.

jueves, 29 de enero de 2015

Intrascendencia

Todo muere:
todo se condena al fin apenas nace;
la vida no es sino muerte
que se corona el día de la putrefacción.

Todo muere:
todo cae,
todo se precipita a la derrota:
la luz es una máscara,
ilusión:
el infinito es oscuro.

Todo muere:
nuestra intrascendencia se viste de himnos
que el tiempo -la muerte- devorará algún día;
lo que persiste es el olvido.

Todo muere:
yo muero,
tú mueres: te apagas,
te diluyes,
te condensas hasta ser una sombra pálida
que pasa y corta,
vacía mi corazón de sangre y arena.



jueves, 15 de enero de 2015

Los miserables

Le despertó el fuerte olor que subía pesadamente desde la calle. Mugre, sudor, sexo. Sangre, la sangre seca del asesinato del día anterior. Se peleaban por cualquier cosa, cien gramos de blancanieves que debían ser de uno o de otro. Una vieja desnuda de la cintura para arriba desplumaba una gallina negra. Masticaba su propia saliva y de cuando en cuando gritaba obscenidades a los transeúntes que evitaban mirar hacia ese callejón olvidado de Dios.

Con los ojos aún cerrados, el hombre intentó recordar qué tanto alcohol había bebido la noche anterior y si todavía alcanzaría un poco para el desayuno. Era mediodía. Un niño con el hambre de dos días se asomó al cuarto donde la luz se tiraba al suelo. El hombre lo sintió de inmediato, pero ignoró la presencia de su hijo hasta que lo tuvo enfrente. El niño le tocaba tímidamente el hombro, creyéndolo aún dormido. El hombre entonces se acordó de la mujer y tanteó a su costado, entre las sábanas. El lecho frío le hizo saber que ella ya tenía mucho rato en las calles, un día más de trabajo. Se preguntó entonces si su esposa regresaría ese día (el niño volvía a tocarle, le llamaba casi con súplica) y si traería comida para el pinche escuincle.

—Záquese de aquí, mocoso —gruñó.

El niño salió, arrastrando los pies. Pinche chamaco molesto, alcanzó a pensar antes de que la arcada llegase súbita  y entonces él vomitara sobre el viejo tapete a un costado del lecho.

—Puta madre —eructó.

No tuvo más remedio que levantarse por algo de agua. La cubeta, a la mitad, estaba casi a la entrada de la miserable casa, o más bien, el cuarto. Sólo había una cama, vieja ya, un par de muebles y una televisión. Un cuadro de la Virgen de Guadalupe colgaba en las mugrientas paredes. Los niños dormían cerca de la puerta, en un confuso amasijo de sábanas, todas ellas adquiridas por parte de las donaciones que en temporada invernal hacían las empresas radiofónicas. Mientras bebía con desgano, miró las latas vacías amontonadas muy cerca de la ventana y se acordó de que los de la fundación no habían llevado comida en la semana. Malditos tacaños, pensó, y arrojó el vaso plástico hacia el diminuto resquicio que hacían las cortinas frente a la ventana sin cristales. Erró, blasfemó y salió del lugar. Su hijo lo interceptó en el pasillo, pero él lo apartó de un golpe.

El edificio, con unos cuantos cuartuchos más, le pareció molestamente lleno. A esas horas del día se llenaba de mujeres y viejas que regresaban de su colecta por los basureros de la ciudad. Los pisos de arriba eran los de las putas y por el momento sólo tenían, acaso, un par de encuentros. Había un baño en cada piso y todos estaban descompuestos. El hombre, al salir, se preguntó cómo había acabado ahí. Al ver a la vieja que desplumaba a la gallina sintió asco, pero no de sí mismo, sino de los demás.

—¡Pinche vieja fea, por su culpa este lugar está de la verga!

La señora contestó con insultos no menos fuertes, pero él la ignoró. Tenía hambre y ya sólo tenía doscientos pesos para el resto del mes. Sin rumbo fijo, vagó por las calles mascullando insultos al gobierno. Ojetes, se decía, ellos muy chingones con sus pinches salarios de millones y uno aquí, muriéndose de hambre. ¿Qué nos han dado este año? Unas pinches sábanas. Como si de eso tragara uno. Luego el pinche partido con sus despensitas de mierda. Cómo chingados quieren que coma uno con una puta bolsa de frijoles y una de pinche arroz.

Entró a un autoservicio y se compró una botella de aguardiente. Unos chiquillos que estaban en la tienda escogían dulces de un aparador colorido Los señalaban como si señalasen animales de un zoológico. Los padres los reprendían cariñosamente, les decían que solo escogiesen uno. El hombre chasqueó la lengua. Los niños nomás sirven pa’ chingarle la vida a uno, pensó. Pinches mocosos pedinches.

Salió de la tienda. Un cartel en la pared pedía la renuncia del presidente. Claro, ese pendejo no sirve para nada, masculló, con aire filosófico. Se parece a mi vieja, añadió, satisfecho por la broma. Su vieja, que era diez años más joven que él, en casa de su madre, y con la niña. Ahora con qué chingadera le iba a salir esa perra, qué puto chisme le iba a soltar a la bruja de su suegra. ¿Qué la golpeó? Que no chingue, ella no era nadie como para andarse metiendo en su vida.

Su vida. Criado en un barrio tan miserable como el que habitaba, con una madre ninfómana (él ignoraba la existencia de la palabra) y un padre que había muerto por andar descargando plomo a los oficiales. Todo mal. Lo único bueno había sido un sacerdote joven, muy bueno, que le dejó dormir no pocas veces en la capilla. El primer día había sentido miedo ante el silencioso, frío y hueco edificio que vigilaban tres santos con expresiones lastimeras. Un Cristo de tamaño natural, acostado en una cama de seda púrpura, sangraba con los ojos cerrados. Terrible fascinación que esa imagen le producía, como si experimentase gozo en las llagas, los miembros exangües, el labio entreabierto que sugería el último grito del Mesías en la cruz. El sacerdote le había explicado lo que significaba: en aquel muerto descansaban los pecados del hombre.

—Por eso debemos portarnos bien —decía el padre y palmeaba cariñosamente al niño— para que Cristo no sufra más por nuestros errores.

Leche tibia, pan de dulce. En un par de ocasiones intentó convencerle de que se inscribiera al seminario. Y el niño quería y no podía: no sabía dejar atrás a su madre, no sabía cómo aceptar en su vida al Cristo muerto y frío que cargaba las iniquidades de sí mismo, de sus padres.

El sacerdote murió cuando el hombre, entonces joven, no pasaba los quince años. Huyó de casa y fue como si se abandonara a sí mismo. La primera vez que tuvo que matar para comer, sostuvo en sus brazos el cuerpo de su víctima como María hubiese sostenido a Cristo, el Cristo terrible de su infancia. Llovía y la lluvia lavó el cuerpo y el hombre decidió que Dios no había muerto para él. Merecía todo lo que le pasara.

Se odió. Y se enterró en las miasmas de su desprecio y se hundió y hundió todo lo que lo tocaba, porque significa que era parte de él. Se instaló en el mundo más borroso de la sociedad, el que se confunde con la basura en las esquinas. Reptaba por las noches en las alcantarillas, como mitológico ser de leyenda; se alzaba mugroso y glorioso al amanecer, robaba, engañaba, se precipitaba al abismo de lo indescriptible. Evitaba pasar por las iglesias porque le causaba un llanto tierno e infantil y era cuando se veía al espejo, miraba sus manos manchadas de sangre ajena y elevaba plegarias desesperadas a un Dios que le mostrara una poca de luz.

Interrumpió sus pensamientos las campanadas de una parroquia. La ciudad, a sus espaldas, rugía feroz en su cotidianeidad. ¿Era demasiado tarde? A unos pasos, una pareja de recién casados franqueaba las coloniales puertas del templo, bajo la algarabía general y la lluvia de papelitos de colores. La sociedad que tanto había odiado, de la que siempre esperó y, a cambio, no dio nada a cambio, le pareció por vez primera hermosa y buena. ¿Era demasiado tarde? Y si no lo era, ¿cómo empezar? ¿Qué hacer?

Con lágrimas en los ojos, se acercó a la iglesia. Quería entrar de nuevo, quería sentirse como cuando niño todo estaba bien. Volver a ser lo que fue. Salir de aquel asqueroso lugar, conseguir un trabajo, ser amoroso con su familia. Ser lo que sus padres jamás fueron para él. Y se visualizaba nítidamente, tomado de la mano de su mujer y sus hijos, saliendo de aquella misma iglesia, casado al fin y riendo. Y sus hijos irían a la escuela y no serían la basura que él siempre había sido. ¿Cómo empezar, qué hacer? ¿Cómo sanar las heridas del Cristo eternamente lastimado?

—Fuera de aquí, asqueroso mendigo.

Una de las personas que participaba de la ceremonia nupcial se le acercó con notorio asco, como si estuviese alejando a un perro sarnoso de una alfombra persa.

—No, señora… —el hombre dejó con cuidado la bolsa que tenía la bebida en el suelo y levantó las manos en actitud inocente.

—¡Fuera de aquí o llamo a la patrulla! —chilló la mujer que le extendía un billete de cincuenta con la punta de los dedos. El hombre, confundido, se acercó unos pasos y la señora gritó y brincó hacia atrás —. ¡Largo, largo asqueroso vago!

Para entonces dos señores se habían acercado, junto con el párroco de la iglesia. Uno de ellos le extendió con igual asco otro billete, este sólo de veinte. El sacerdote le pidió que fuera a sentarse más lejos, que ahora estaba molestando a los presentes. Las lágrimas del hombre pasaron de la revelación a la rabia. Retrocedió unos pasos, sin tocar el dinero, y uno de sus pies dio de lleno contra la botella, la cual cayó y se quebró. El contenido se derramó como un lágrima.

—Para colmo, borracho —dijo la mujer por lo bajo.

El hombre vaciló, cambió el semblante y quiso aproximarse. Quería golpear a la mujer, sacudirla de los hombros, gritarle a todo mundo que no quería ser él, pero que no sabía cómo empezar a no serlo. El más robusto de los señores se interpuso en el camino del hombre y lo empujó hacia atrás. Cayó de espaldas, raspándose un poco la palma de la mano. El sacerdote se había alejado ya, para posar por enésima vez con la pareja para la fotografía. Tendrían una linda fiesta, y comentarían como anécdota curiosa que un drogadicto había llegado al final, a pedir dinero.

El hombre, en el suelo, sintió que algo se rompía dentro de sí. Regresó al cuarto con rostro inexpresivo y se encerró para llorar a gusto, como un niño al que se le había muerto la madre repentinamente. Cuando su hijo llegó, no supo hacer otra cosa más que molerlo a golpes. Si de todas formas todos acabaremos de la chingada, pensó. A la mierda con la educación, que la vida eduque a este pendejo.


Y se fue con las putas.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Despidiendo el 2014

  1. Proemio
  2. Vegetales literatus (traurig und krank Klub)
  3. El aparente montón de ausentes
  4. Apellido
  5. “Laalavat jouset”
  6. El futuro es lo que nunca será
  7. “It’s over Anakin! I have the high ground”


Proemio

Desear bienaventuranza es fácil, bastan algunas palabras por aquí y por allá, una imagen chula y dos o tres adjetivos cursis. Si va rimado, hasta tildan de poeta al ingenioso espécimen que los compuso, aunque ahí exista tanta o menos poesía como en una canción de duranguense. Además, y como ya expuse en violento asunto navideño, es fácil caer en la felicitación por compromiso, la que se resume en una vulgar tarjeta. Las tarjetas que se venden en las tiendas son las bulas de la falsedad: algo apenas menos doloroso que la indeferencia.

Yo por eso, y como sabrán unas pocas personas que potencialmente me estarán leyendo (dos), cuando de tomar la pluma se trata (o el teclado, triste realidad tan poco romántica) no reparo en gastos de tinta o golpes de teclado. Pésima costumbre, hago de un feliz cumpleaños un ensayo sobre la poesía personificada o de un consejo de doctora corazón una tesis sobre la patológica necedad de evitar lo indeseable. Lo mínimo nunca es suficiente y, de hecho, lo suficiente siempre me es mínimo; me detengo a la tercera o cuarta cuartilla porque intento ponerme del otro lado: quizá no disfruta tanto la lectura como yo la escritura.

Hecha la advertencia, son libres de dejar ya de leer, aunque ni siquiera se enteren de qué va esto o si su nombre (necesariamente oculto por una metáfora que, espero, les sea medianamente reconocible) está dentro del montón bueno, del montón malo o los finos trazos que vinieron a bien (o mal) embarrar su presencia sobre mi persona en este año que se acaba. Es un ejercicio doble: agradezco la vuesa inferencia y hago examen (más o menos superficial) de mí mismo a lo largo del dos mil catorce que, gracias a Tezcatlipoca, se acaba.

Porque sí, llegó el instante en que quiero que se acabe. Los ejes sobre los cuales giré este año fueron dos: el amor y mi futuro profesional. Lindos ejes, para los que los tienen bien alineados. Yo, que los tengo tan derechos como las leyes en este país (léase desde cualquier nacionalidad, todos se quejan de todo desde Mozambique hasta Noruega), dividí alegrías y penas durante el año como quien divide la cosecha buena de la mala en una temporada de la chingada. Diciembre, mi mes favorito, se juntó con enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto y un pedacito de septiembre como la cizaña. Ya veo la Pepinita de nombre impronunciable mofándose de mi amargura. Decimonónicos estamos. Tres a nueve, el récord de este año. Temporada perdedora.

Vegetales literatus (traurig und krank Klub)

Esperen, prácticamente toda la Pepiniza, gente literata, que lee más en un mes que el ochenta por ciento de ustedes en un año, se burlaría de mi amargura. Y quizá deba empezar por ahí, por la Pepiniza, ya que los mencioné. Los Pepinos son una cosa muy rara. Para empezar, juran con reunirse en vacaciones y en vacaciones se esfuman, como el Chapo tras su fuga. Sin embargo, no es reflejo de hipocresía. Los Pepinos pueden ser políticamente correctos, pero hasta donde los conozco, nunca serán falsos; prudentes, no le despepitan la madre al primero que pasa, pero de cuando en cuando sacan el cobre. LOL, como dice la chaviza. Ejemplo: las onomatopeyas de fastidio cuando la chica insoportable, que estudia ópera en Viena o casi, hace  comentario estúpido (cosa que pasa muy a menudo); los resoplidos son harto audibles.

A pesar entonces del natural y hasta esperado esparcimiento que hemos tenido, en nosotros florece el amor y el cariño. Dicen. Amigos por siempre, bien Gudi y Boslaiyír. Los Pepinos tenemos algo muy malo (o muy bueno) nos soportamos pocas veces a la semana. En realidad, hablamos muy poco de cosas serias, salvo casos especiales. Uno de ellos es atender las existenciales penurias del fanático de Star Wars. Este año, también, recomendamos prudencia a la Pepinita que tuvo chisme con el Hendiduras. Cada quien tuvo su momento serio con uno u otro, atendiendo las metáforas dolorosas de pena y dolor. Otra cosa seria: lanzar caca al profesorado. Manga de malcriados.



En general, coincidimos en todo, menos en política. No: menos en las formas de tratarla. Anti-copetones todos, unos van por acá y otros por allá; los paros dieron mucho de qué hablar y entre que sí y entre que no, al final del día aceptábamos de buena gana que el prójimo fuese más o menos chairo que nosotros. Creo. Espero que nadie se haya quedado con ganas de matar al otro por decir que los paristas no tenían ni puta idea de lo que hacían. Apéndice: ahora que siento que el asunto de Ayotzinapa (ridículamente reducido a Ayotzi, como nombre de mascota) se salió de toda lógica y sentido medianamente aceptable, hemos callado todos. Navidades. Poco importa eso ahora, agradezco a ellos (ellas, por mayoría) por estar ahí, en más de una ocasión para temas que me herían. Gracias por un año más Pepinillos del Noveno Círculo. Mucha lectura, poco análisis. Mucha lateral, poca glotal. Mucho amor, poco miedo.

El aparente montón de ausentes

Ya que hablé de mis heridas, digamos lo que son. Son frescas, quizá adrede extendidas: monumentos a la derrota. Su tratamiento (entiéndase, su voluptuosa exposición), se limita al círculo de los cercanos. Mis cercanos se cuentan con los dedos. De ambas manos, creo. Si queremos tocar temas finos, podemos quitar una manita. Catorce mil weyes quedan fuera: los que no son, y al mismo tiempo sí. Explico.

Hablaré primero de mi cualidad menos afortunada: ser invisible. He de ser franco, desechaba las amistades fácilmente y me era difícil de hacerme de nuevas; subía en un pedestal los requerimientos (¿o me subía yo?) para extender la mano amiga y, ante la ausencia o falla, la retiraba. Eso sí, en el ínterin no había nadie más leal que yo, modestia aparte. De hecho, mi lealtad es inmutable, que no atienda con la misma intensidad es otra cosa. No sé si eso de las lealtades haya sido conflictivo alguna vez, que dos amiguitos se hayan sacado el moco a trompadas y ambos hubiesen seguido amistados conmigo. Creo que no.

Hablo en pasado. No porque ahora me haga de amigos a mansalva, los retenga a todos y los traicione, no. La verdad es que hago pocos amigos, es casi un gusto nocivo por la soledad. Sin embargo, desde no hace mucho, me prometí ser menos… yo. No ha servido de nada aún, pero las razones de este análisis escapan al espacio de este texto, de por sí extenso. Los amigos de la infancia, pues, se perdieron poco a poco: hoy me pudro felizmente en mi soledad. Extensa, gloriosa soledad que me come. Este año me enseñó a que no debo despreciar mi soledad, sólo debo buscar… otras que la complementen. Realmente me di cuenta de eso hace poco, así que por el momento no hay mucho que añadir a esto.

Es raro agradecer, entonces, a los que no están. A los que, por una u otra razón, no son íntimos, no son tan compatibles. Es raro, extrañísimo agradecer a quienes me permiten seleccionar mi soledad, personas que están ahí y que son vitales porque me chasquean los dedos para no dormir demasiado: personas que son como un filtro que especifica mi soledad. Verlos de fuera es una suerte de bendición. Pueden ustedes pasar de lado (no importa, soy invisible) pero en cuanto tengan alguna necesidad, estaré para ustedes. Incondicional y fielmente. Yo no los molestaré.

No hay desdén en este raro catálogo. Si hubiese desdén, ni me preocuparía en mencionarlos. Es sencillamente la definición del amigo que no es como la mugre de nuestra uña. Pero esa palabra “amigo”, que en ocasiones tomamos a la ligera y otras no, tiene peso importante. Ese extraño que es más que conocido, menos que íntimo.



Apellido

Extrañezas también las de este año con respecto a la familia. Se olía, creo, desde finales del veinte trece, pero como que se asentó este año. La familia de estroto lado se quedó igual. Pinche primo mamón, por ejemplo. En la de aqueste lado, donde no he sido así que digan la estrella del chou, sentí una simpática unión que no había percibido nunca. Quizá es sólo una coincidencia. Lo cierto es que, al ser el penúltimo nieto (de doce), yo no tenía mucho chiste. Quizá las cosas gravitaban ya muy cómodas y los dos apéndices (mi hermana y yo), no alborotamos mucho el gallinero. Por eso, de pronto adquirir un papel más o menos más relevante, salta a la vista.

Todo fue antes del desaguisado, del que no les cuento porque no les importa (a menos que seas primo, entonces sí). Las afamadas noches de fritanga y tequila, (que después pasaron al póker por influjo de los más chicos: mi hermana y yo, par de viciosos de Satanás) marcan un sentido de más pertenencia, pues caen en nombres definidos. No se trata de dos frentes preparados para la guerra, se trata de una evolución natural y obvia que no traiciona la sangre, pero sí la selecciona. Esas dos líneas, si existen en verdad, se seguirán queriendo como siempre, tan sólo se acomodaron. Creo. Es mi percepción.

Los Saturday Night Tequipóker, empiezan a tomar lo que cuando seamos rucos se llamará tradición, recuerdos, añoranzas, experiencias, “te acuerdas de…”. Risa fácil, ambiente sano, con todo y el par de botellas de tequila por reunión. Todavía no nos partimos la madre a puño limpio, por ejemplo. Ni siquiera apostamos dinero de verdad. Confunden aún qué mano le gana a qué mano, nadie sabe jugar en serio dominó, las damas chinas son una mentada de madre donde escupimos improperios a quien nos bloquea el camino y todavía no jugamos Scrabble, donde sospecho que saldría ganando (una vez, en otra noche que no era de tequipóker, me batearon un verbo con el pronombre –le de objeto directo, y aún así les quebré el léxico en semas).



Agradezco las noches de alcoholes, fritangas “de pueblo”, chelas, Superboules, tequilas, #CucoStyle. Algo tiene el Texas Hold’em que causa furor. Y, como a todos nos va mal en el amor, ganamos siempre. Hell yeah. Gracias por eso.

“Laalavat jouset”



Inevitablemente mencioné la palabra: amor. Quien no me conociera, al poco se daría cuenta de que es el eje principal de mi vida. Valiendo madre. Obsesión de chiquillo: papá y mamá, la historia de siempre. Me prometí, entonces, buscar el amor verdadero, no chingaderas. Adopté un sistema radical, que me azota con látigo ponzoñoso a cada mínima oportunidad. Por eso salí romántico (léase, nota de siempre en mis escritos, decimonónico). Antes de desarrollar este eje (el segundo se resume en una palabra: fracaso) que también acabó mal, quiero agradecer a mi amiga la Comadre.

Todos saben que se me da mejor escribir que hablar, hablando soy muy bobo. A Comadre la pongo aparte porque, aunque otros me escucharon, ella se chutó la tesis sobre la patología aquella dicha más arriba y yo me chuté otra suya sobre el contrabandista de Corellia (yep, necesitan ser fanáticos de Star Wars para hallarle a la mención). Comadrita, gracias. Espero redactarle tesis, pero de cosas alegres; espero lo mismo de usted. Escucharle también es grato. Es como si, luego de la batalla, dos guerreros fuesen a la taberna para brindar por las derrotas. Anima.

Gran comadre, la Comadre. Uno entiende porqué de pronto se le juntó “la chamba”; su energía, su gracia, su carisma, su descaro, su filosofía son como un surumi. Tsunami, quiero decir. Que la Fuerza me la acompañe.



Con mi Comadre, me tomé la pausa necesaria para ver las cosas desde arriba, con la tranquilidad de quien bebe despacio, sin prisa, la espumosa cerveza germana (que jamás he probado) de una rústica taberna de Hamburg (donde nunca he ido) La ya citada palabra que empieza con ‘a’ y termina con ‘mor’ sabe peor desde lejos, pero te permite disfrutarla mejor a la hora de los macanazos.

No es secreto sobre quién caen (caían) aquéllas dos sílabas pero, para no perder la costumbre, no diré su nombre. De hecho, tampoco daré detalles: eso me incumbe a mí. Quizá un par de cosas a ella, pero escapa de los reflectores públicos.

Fue como tallar una gema. ¿Qué tanto funcionó que, en efecto, lograra en base a mis ensayos (cartas de tres cuartillas, Times 12, 1.5 interlineado), sentir ella consuelo, guía, alivio, algún momento de distracción feliz? No sé. No importa. Eso buscaba. Lo demás era extra: amar es dar sin esperar nada a cambio. Frase ya muy choteada, pero verdadera. Frase que da entrada para explicar el galimatías del subtítulo. Es savo, un dialecto finlandés. Lo tomé de un grupo de folk-metal, Verjnuarmu. Significa, si hemos de creerle a la página de internet ésa, “arcos cantores”. Más o menos. Es una metáfora del sonido del arco que lanza la flecha, el silbido que hacen las flechas al caer, como lluvia mortal, al campo de batalla.

“Laalavat jouset” retrata en animados 4:09 minutos el horror de la batalla: el sabor de la derrota. Me permito copiar una estrofa en savo y luego su traducción al español que viene a su vez de una traducción en inglés. Así, bien profesional la cosa.

Virittyy jänteet laalaa jouset kuoleman laaluva
Tuhannet soettajat laaluun yhtyy, taevas täättyy mustista nuolista
Se saje kun tulloo vaenooja parkuu kuolemanpelekova
Tuhannet viholliset joukkona kuatuu, tanner täättyy verestä ja suolista

(Las cuerdas están preparadas, cantan los arcos la canción de la muerte.
Miles de jugadores se unen a la canción, el cielo se llena de flechas negras.
Cuanto cae esa lluvia, los opresores gritan en su miedo a la muerte.
Miles de enemigos caen lado a lado, la tierra se llena de sangre y vísceras.)

Un curioso que se las haga de lingüista notará que tuhannet es “mil, miles”; que laalaa  y laaluva es la misma palabra, diferente expresión de la misma, y tiene que ver con “canto” o “cantar”; notarán que kuoleman es “muerte”, quizá declinado en genitivo; kuolemanpelekova nos muestra que el savo no sólo declina, aglutina. De nada.

Esto es el coro de la canción. Dios me libre de ser un opresor, pero es evidente que me cuento del lado de los derrotados. El amor es una guerra en la que el triunfo es la conquista propia. Uno se vence a sí mismo, a sus propios enemigos para salir luego con todo el esplendor de su propia armadura. El dragón que espera en la torre no es nuestro, es de la princesa; uno es escudero de ella, de ella es la responsabilidad y el honor de derrotarlo. Ella, la princesa, no es débil; ella puede vencer a su némesis. Que dos almas coincidan en la lucha, que al momento de la batalla se den cuenta de que quieren continuar la guerra juntos, es la consumación de la verdadera victoria. Ambos lucharán entonces con sus mejores galas a enemigos cada vez más terribles. Dos manos que deciden ir juntas por el mismo camino: la vida. La vida es una guerra eterna.

No perdí este lance. Me rendí. La canción me coloca (me coloco) en ese campo de agonizantes. Orgulloso derrotado por la guerra más noble de todas. No morí: vivo. Arrastrando la espada, pesada por falta de fuerzas; pisando los charcos de la sangre de mis monstruos; llorando lágrimas que saben a tierra y metal, ondeé la bandera blanca.



Ahora te hablo a ti.

Sentí que debí decirlo. Que ya no más. No escucharás de mí lo que de tan obvio, te era incómodo, aunque callases. No encuentro aún la forma correcta; llevo un mes (prácticamente) pensándola. Baste ahora que lo sepas. Verás, eso implica finos detalles. Algo de una confusión que todavía está ahí, como una espina. El vago llanto que toda derrota tiene. ¿La casualidad de habrá puesto frente a mis escritos de las últimas semanas? Ni siquiera en eso caben mis razones... Y tú, ahí, flotando…

Pero te agradezco. Las metáforas luminosas donde caías y que no diré para convencerme de mi derrota, nunca fueron al azar. Jamás fueron espejos, fáciles salidas a un juego del que quería salir ganador. La única mentira que soltaba era el “bien” al “cómo estás”. Con todo, y lo sabes, “estar contigo es como volver de la guerra”. Entraba en otra. Una que, de hecho, disfrutaba. No importó. Mi sino es la guerra, mi obsesión. Y la incapacidad para resumir en dos párrafos lo que no quiero decir después… mas habré de hacerlo.

(No, no me despido. No es la idea.)

El futuro es lo que nunca será



Tiempo fuera.

Es ilusorio colocarle un límite al tiempo y pretender que los astros alinean los chakras para que todo lo que decretemos en los primeros minutos de nuestra arbitraria medición temporal, se cumpla como por obra del arcángel Samael. O como se llame. El 31 de diciembre y el primero de enero están apenas iniciando invierno, como que sin mucho chiste. Más significativo lo que hacían civilizaciones antiguas: colocar el inicio del año en primavera; rejuvenecer con la Naturaleza.

Pero mentalmente funciona. El cerebro decide engañarnos para sobrevivir a la terrible, fementida vida. La actitud que debíamos tener durante todo el año (y que se perdió en febrero), renace como el fénix más chiquitito del mundo. Una chispa, como la de la pirotecnia que llamamos “ratones”. Promesas de un lado, promesas del otro. Todo es risa y diversión en la primera semana de enero. La Rosca de Reyes, último reducto para el estómago castigado de jolgorio navideño, se toma con optimismo. Sacar el Niño es un feliz acontecimiento que luego pasa a unos “tamales que yo ni quería pagar”.

Normalmente les jodería diciéndole que ni se molesten en hacer promesas de Año Nuevo, sobre todo si me involucran. Pero no importa, háganlas. Sería mucho mejor si las publican en conveniente lugar imborrable, para que, en abril, se asomen a ellas y se trague la tierra su vergüenza o se calle el miserable bocón que no les tenía fe. El propósito número uno de Año Nuevo debe ser, cumplir los propósitos que se harán.

Inconscientemente, yo haré un par, pero los disfrazaré de esperanza. Este año, me diré, tendré lo que sueño. Los dos ejes girarán como Newton manda. Yo inventaré señales de hados que, durante el proceso de las uvas y la cena al son de Johann Sebastian Bach, indicarán mi futuro año. Romanticismo. El poeta es quien desentraña las palabras de Natura, quien se asoma al intoxicado mundo de insensata modernidad y descubre los hilos de lo verdadero. Mi caso es el peor porque dependo de lo que los dioses me indiquen, no de lo que yo sea capaz de hacer. Leeré en el cielo los signos de mi guerra ganada. Sabré que, al fin, estará escrito en plata mi triunfo. Con renovada fe, mi año caminará bajo la luz de mi propio engaño. Renegaré de este último enunciado.

Y correré al futuro, a intentar hacer de él el libreto que ansío por escribir. Correré y correré. Eterno maratón que terminará el día que besen mis párpados la tierra, mi lecho final.

“It’s over Anakin! I have the high ground”

La esperanza muere con quien la porta. Embriagado de ella, los saludo. Les deseo lo mismo que ya auguro para mí: triunfo; que sus guerras les sean livianas, cómodas, teñidas de púrpura y olivo. Gracias, una vez más, por el año que se resiste y habremos de cortarlo de tajo, dejar que se incinere con el impulso de su propio salto.

Adiós, adiós veinte catorce. No te extrañaré.


Gracias a los que se quedarán, a los que llegarán, a los que se irán, a las nuevas historias que, pedazo a pedazo, se escribirán para que sean leídas el Día del Juicio. Si se van, aunque sea por la puerta de la ignominia, sepan que no serán en vano los momentos amables. A quien llegue, gracias desde ahora por herir o sanar; por reír o por llorar. No queda más que cerrar el capítulo. Punto final.


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