Todo muere:
todo se condena al fin apenas nace;
la vida no es sino muerte
que se corona el día de la putrefacción.
Todo muere:
todo cae,
todo se precipita a la derrota:
la luz es una máscara,
ilusión:
el infinito es oscuro.
Todo muere:
nuestra intrascendencia se viste de himnos
que el tiempo -la muerte- devorará algún día;
lo que persiste es el olvido.
Todo muere:
yo muero,
tú mueres: te apagas,
te diluyes,
te condensas hasta ser una sombra pálida
que pasa y corta,
vacía mi corazón de sangre y arena.
Desfiguros literarios. Vómitos intelectuales. Quejas insostenibles. Suicidos de plastilina. Versos semiprofesionales. Bach, a veces, pero en el Tuiter. Batman no aprueba este blog.
jueves, 29 de enero de 2015
jueves, 15 de enero de 2015
Los miserables
Le despertó el fuerte olor que subía
pesadamente desde la calle. Mugre, sudor, sexo. Sangre, la sangre seca del
asesinato del día anterior. Se peleaban por cualquier cosa, cien gramos de
blancanieves que debían ser de uno o de otro. Una vieja desnuda de la cintura
para arriba desplumaba una gallina negra. Masticaba su propia saliva y de
cuando en cuando gritaba obscenidades a los transeúntes que evitaban mirar
hacia ese callejón olvidado de Dios.
Con los ojos aún cerrados, el hombre intentó
recordar qué tanto alcohol había bebido la noche anterior y si todavía
alcanzaría un poco para el desayuno. Era mediodía.
Un niño con el hambre de dos días se asomó al cuarto donde la luz se tiraba al
suelo. El hombre lo sintió de inmediato, pero ignoró la presencia de su hijo
hasta que lo tuvo enfrente. El niño le tocaba tímidamente el hombro, creyéndolo
aún dormido. El hombre entonces se acordó de la mujer y tanteó a su costado,
entre las sábanas. El lecho frío le hizo saber que ella ya tenía mucho rato en
las calles, un día más de trabajo. Se preguntó entonces si su esposa regresaría
ese día (el niño volvía a tocarle, le llamaba casi con súplica) y si traería
comida para el pinche escuincle.
—Záquese de aquí, mocoso —gruñó.
El niño salió, arrastrando los pies. Pinche
chamaco molesto, alcanzó a pensar antes de que la arcada llegase súbita y entonces él vomitara sobre el viejo tapete
a un costado del lecho.
—Puta madre —eructó.
No tuvo más remedio que levantarse por algo de
agua. La cubeta, a la mitad, estaba casi a la entrada de la miserable casa, o
más bien, el cuarto. Sólo había una cama, vieja ya, un par de muebles y una
televisión. Un cuadro de la
Virgen de Guadalupe colgaba en las mugrientas paredes. Los
niños dormían cerca de la puerta, en un confuso amasijo de sábanas, todas ellas
adquiridas por parte de las donaciones que en temporada invernal hacían las
empresas radiofónicas. Mientras bebía con desgano, miró las latas vacías
amontonadas muy cerca de la ventana y se acordó de que los de la fundación no
habían llevado comida en la semana. Malditos tacaños, pensó, y arrojó el vaso
plástico hacia el diminuto resquicio que hacían las cortinas frente a la
ventana sin cristales. Erró, blasfemó y salió del lugar. Su hijo lo interceptó
en el pasillo, pero él lo apartó de un golpe.
El edificio, con unos cuantos cuartuchos más,
le pareció molestamente lleno. A esas horas del día se llenaba de mujeres y
viejas que regresaban de su colecta por los basureros de la ciudad. Los pisos
de arriba eran los de las putas y por el momento sólo tenían, acaso, un par de
encuentros. Había un baño en cada piso y todos estaban descompuestos. El
hombre, al salir, se preguntó cómo había acabado ahí. Al ver a la vieja que
desplumaba a la gallina sintió asco, pero no de sí mismo, sino de los demás.
—¡Pinche vieja fea, por su culpa este lugar
está de la verga!
La señora contestó con insultos no menos
fuertes, pero él la ignoró. Tenía hambre y ya sólo tenía doscientos pesos para
el resto del mes. Sin rumbo fijo, vagó por las calles mascullando insultos al
gobierno. Ojetes, se decía, ellos muy chingones con sus pinches salarios de
millones y uno aquí, muriéndose de hambre. ¿Qué nos han dado este año? Unas
pinches sábanas. Como si de eso tragara uno. Luego el pinche partido con sus despensitas
de mierda. Cómo chingados quieren que coma uno con una puta bolsa de frijoles y
una de pinche arroz.
Entró a un autoservicio y se compró una botella
de aguardiente. Unos chiquillos que estaban en la tienda escogían dulces de un
aparador colorido Los señalaban como si señalasen animales de un zoológico. Los
padres los reprendían cariñosamente, les decían que solo escogiesen uno. El
hombre chasqueó la lengua. Los niños nomás sirven pa’ chingarle la vida a uno,
pensó. Pinches mocosos pedinches.
Salió de la tienda. Un cartel en la pared pedía
la renuncia del presidente. Claro, ese pendejo no sirve para nada, masculló,
con aire filosófico. Se parece a mi vieja, añadió, satisfecho por la broma. Su
vieja, que era diez años más joven que él, en casa de su madre, y con la niña.
Ahora con qué chingadera le iba a salir esa perra, qué puto chisme le iba a
soltar a la bruja de su suegra. ¿Qué la golpeó? Que no chingue, ella no era
nadie como para andarse metiendo en su vida.
Su vida. Criado en un barrio tan miserable como
el que habitaba, con una madre ninfómana (él ignoraba la existencia de la
palabra) y un padre que había muerto por andar descargando plomo a los
oficiales. Todo mal. Lo único bueno había sido un sacerdote joven, muy bueno, que le dejó dormir no pocas veces en
la capilla. El primer día había sentido miedo ante el silencioso, frío y hueco
edificio que vigilaban tres santos con expresiones lastimeras. Un Cristo de tamaño
natural, acostado en una cama de seda púrpura, sangraba con los ojos cerrados.
Terrible fascinación que esa imagen le producía, como si experimentase gozo en
las llagas, los miembros exangües, el labio entreabierto que sugería el último
grito del Mesías en la cruz. El sacerdote le había explicado lo que
significaba: en aquel muerto descansaban los pecados del hombre.
—Por eso debemos portarnos bien —decía el padre
y palmeaba cariñosamente al niño— para que Cristo no sufra más por nuestros
errores.
Leche tibia, pan de dulce. En un par de
ocasiones intentó convencerle de que se inscribiera al seminario. Y el niño quería
y no podía: no sabía dejar atrás a su madre, no sabía cómo aceptar en su vida
al Cristo muerto y frío que cargaba las iniquidades de sí mismo, de sus padres.
El sacerdote murió cuando el hombre, entonces
joven, no pasaba los quince años. Huyó de casa y fue como si se abandonara a sí
mismo. La primera vez que tuvo que matar para comer, sostuvo en sus brazos el
cuerpo de su víctima como María hubiese sostenido a Cristo, el Cristo terrible
de su infancia. Llovía y la lluvia lavó el cuerpo y el hombre decidió que Dios
no había muerto para él. Merecía todo lo que le pasara.
Se odió. Y se enterró en las miasmas de su
desprecio y se hundió y hundió todo lo que lo tocaba, porque significa que era
parte de él. Se instaló en el mundo más borroso de la sociedad, el que se
confunde con la basura en las esquinas. Reptaba por las noches en las
alcantarillas, como mitológico ser de leyenda; se alzaba mugroso y glorioso al
amanecer, robaba, engañaba, se precipitaba al abismo de lo indescriptible.
Evitaba pasar por las iglesias porque le causaba un llanto tierno e infantil y
era cuando se veía al espejo, miraba sus manos manchadas de sangre ajena y
elevaba plegarias desesperadas a un Dios que le mostrara una poca de luz.
Interrumpió sus pensamientos las campanadas de
una parroquia. La ciudad, a sus espaldas, rugía feroz en su cotidianeidad. ¿Era
demasiado tarde? A unos pasos, una pareja de recién casados franqueaba las
coloniales puertas del templo, bajo la algarabía general y la lluvia de
papelitos de colores. La sociedad que tanto había odiado, de la que siempre
esperó y, a cambio, no dio nada a cambio, le pareció por vez primera hermosa y
buena. ¿Era demasiado tarde? Y si no lo era, ¿cómo empezar? ¿Qué hacer?
Con lágrimas en los ojos, se acercó a la
iglesia. Quería entrar de nuevo, quería sentirse como cuando niño todo estaba
bien. Volver a ser lo que fue. Salir de aquel asqueroso lugar, conseguir un
trabajo, ser amoroso con su familia. Ser lo que sus padres jamás fueron para
él. Y se visualizaba nítidamente, tomado de la mano de su mujer y sus hijos,
saliendo de aquella misma iglesia, casado al fin y riendo. Y sus hijos irían a
la escuela y no serían la basura que él siempre había sido. ¿Cómo empezar, qué
hacer? ¿Cómo sanar las heridas del Cristo eternamente lastimado?
—Fuera de aquí, asqueroso mendigo.
Una de las personas que participaba de la
ceremonia nupcial se le acercó con notorio asco, como si estuviese alejando a
un perro sarnoso de una alfombra persa.
—No, señora… —el hombre dejó con cuidado la
bolsa que tenía la bebida en el suelo y levantó las manos en actitud inocente.
—¡Fuera de aquí o llamo a la patrulla! —chilló
la mujer que le extendía un billete de cincuenta con la punta de los dedos. El
hombre, confundido, se acercó unos pasos y la señora gritó y brincó hacia atrás
—. ¡Largo, largo asqueroso vago!
Para entonces dos señores se habían acercado,
junto con el párroco de la iglesia. Uno de ellos le extendió con igual asco
otro billete, este sólo de veinte. El sacerdote le pidió que fuera a sentarse
más lejos, que ahora estaba molestando a los presentes. Las lágrimas del hombre
pasaron de la revelación a la rabia. Retrocedió unos pasos, sin tocar el
dinero, y uno de sus pies dio de lleno contra la botella, la cual cayó y se quebró. El contenido se derramó como un lágrima.
—Para colmo, borracho —dijo la mujer por lo
bajo.
El hombre vaciló, cambió el semblante y quiso
aproximarse. Quería golpear a la mujer, sacudirla de los hombros, gritarle a
todo mundo que no quería ser él, pero
que no sabía cómo empezar a no serlo. El más robusto de los señores se interpuso
en el camino del hombre y lo empujó hacia atrás. Cayó de espaldas, raspándose
un poco la palma de la mano. El sacerdote se había alejado ya, para posar por
enésima vez con la pareja para la fotografía. Tendrían una linda fiesta, y
comentarían como anécdota curiosa que un drogadicto había llegado al final, a
pedir dinero.
El hombre, en el suelo, sintió que algo se
rompía dentro de sí. Regresó al cuarto con rostro inexpresivo y se encerró para llorar a gusto, como un niño al que se le había muerto la madre
repentinamente. Cuando su hijo llegó, no supo hacer otra cosa más que molerlo a
golpes. Si de todas formas todos acabaremos de la chingada, pensó. A la mierda
con la educación, que la vida eduque a este pendejo.
Y se fue con las putas.
lunes, 29 de diciembre de 2014
Despidiendo el 2014
- Proemio
- Vegetales literatus (traurig und
krank Klub)
- El aparente montón de ausentes
- Apellido
- “Laalavat jouset”
- El futuro es lo que nunca será
- “It’s over Anakin! I have the high ground”
Proemio
Desear bienaventuranza es fácil, bastan algunas
palabras por aquí y por allá, una imagen chula y dos o tres adjetivos cursis.
Si va rimado, hasta tildan de poeta al ingenioso espécimen que los compuso,
aunque ahí exista tanta o menos poesía como en una canción de duranguense.
Además, y como ya expuse en violento asunto navideño, es fácil caer en la
felicitación por compromiso, la que se resume en una vulgar tarjeta. Las
tarjetas que se venden en las tiendas son las bulas de la falsedad: algo apenas
menos doloroso que la indeferencia.
Yo por eso, y como sabrán unas pocas personas
que potencialmente me estarán leyendo (dos), cuando de tomar la pluma se trata
(o el teclado, triste realidad tan poco romántica) no reparo en gastos de tinta
o golpes de teclado. Pésima costumbre, hago de un feliz cumpleaños un ensayo
sobre la poesía personificada o de un consejo de doctora corazón una tesis
sobre la patológica necedad de evitar lo indeseable. Lo mínimo nunca es
suficiente y, de hecho, lo suficiente siempre me es mínimo; me detengo a la
tercera o cuarta cuartilla porque intento ponerme del otro lado: quizá no
disfruta tanto la lectura como yo la escritura.
Hecha la advertencia, son libres de dejar ya de
leer, aunque ni siquiera se enteren de qué va esto o si su nombre
(necesariamente oculto por una metáfora que, espero, les sea medianamente
reconocible) está dentro del montón bueno, del montón malo o los finos trazos
que vinieron a bien (o mal) embarrar su presencia sobre mi persona en este año
que se acaba. Es un ejercicio doble: agradezco la vuesa inferencia y hago
examen (más o menos superficial) de mí mismo a lo largo del dos mil catorce
que, gracias a Tezcatlipoca, se acaba.
Porque sí, llegó el instante en que quiero que
se acabe. Los ejes sobre los cuales giré este año fueron dos: el amor y mi
futuro profesional. Lindos ejes, para los que los tienen bien alineados. Yo,
que los tengo tan derechos como las leyes en este país (léase desde cualquier
nacionalidad, todos se quejan de todo desde Mozambique hasta Noruega), dividí
alegrías y penas durante el año como quien divide la cosecha buena de la mala
en una temporada de la chingada. Diciembre, mi mes favorito, se juntó con
enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto y un pedacito de
septiembre como la cizaña. Ya veo la Pepinita de nombre impronunciable mofándose de mi
amargura. Decimonónicos estamos. Tres a nueve, el récord de este año. Temporada
perdedora.
Vegetales literatus (traurig und krank
Klub)
Esperen, prácticamente toda la Pepiniza , gente literata,
que lee más en un mes que el ochenta por ciento de ustedes en un año, se
burlaría de mi amargura. Y quizá deba empezar por ahí, por la Pepiniza , ya que los
mencioné. Los Pepinos son una cosa muy rara. Para empezar, juran con reunirse
en vacaciones y en vacaciones se esfuman, como el Chapo tras su fuga. Sin
embargo, no es reflejo de hipocresía. Los Pepinos pueden ser políticamente
correctos, pero hasta donde los conozco, nunca serán falsos; prudentes, no le
despepitan la madre al primero que pasa, pero de cuando en cuando sacan el
cobre. LOL, como dice la chaviza. Ejemplo: las onomatopeyas de fastidio cuando
la chica insoportable, que estudia ópera en Viena o casi, hace comentario estúpido (cosa que pasa muy a
menudo); los resoplidos son harto audibles.
A pesar entonces del natural y hasta esperado
esparcimiento que hemos tenido, en nosotros florece el amor y el cariño. Dicen.
Amigos por siempre, bien Gudi y Boslaiyír. Los Pepinos tenemos algo muy malo (o
muy bueno) nos soportamos pocas veces a la semana. En realidad, hablamos muy
poco de cosas serias, salvo casos especiales. Uno de ellos es atender las
existenciales penurias del fanático de Star
Wars. Este año, también, recomendamos prudencia a la Pepinita que tuvo chisme
con el Hendiduras. Cada quien tuvo su momento serio con uno u otro, atendiendo
las metáforas dolorosas de pena y dolor. Otra cosa seria: lanzar caca al
profesorado. Manga de malcriados.
En general, coincidimos en todo, menos en
política. No: menos en las formas de tratarla. Anti-copetones todos, unos van
por acá y otros por allá; los paros dieron mucho de qué hablar y entre que sí y
entre que no, al final del día aceptábamos de buena gana que el prójimo fuese
más o menos chairo que nosotros. Creo. Espero que nadie se haya quedado con
ganas de matar al otro por decir que los paristas no tenían ni puta idea de lo
que hacían. Apéndice: ahora que siento que el asunto de Ayotzinapa
(ridículamente reducido a Ayotzi, como nombre de mascota) se salió de toda
lógica y sentido medianamente aceptable, hemos callado todos. Navidades. Poco
importa eso ahora, agradezco a ellos (ellas, por mayoría) por estar ahí, en más
de una ocasión para temas que me herían. Gracias por un año más Pepinillos del
Noveno Círculo. Mucha lectura, poco análisis. Mucha lateral, poca glotal. Mucho
amor, poco miedo.
El aparente montón de ausentes
Ya que hablé de mis heridas, digamos lo que
son. Son frescas, quizá adrede extendidas: monumentos a la derrota. Su
tratamiento (entiéndase, su voluptuosa exposición), se limita al círculo de los
cercanos. Mis cercanos se cuentan con los dedos. De ambas manos, creo. Si
queremos tocar temas finos, podemos quitar una manita. Catorce mil weyes quedan
fuera: los que no son, y al mismo tiempo sí. Explico.
Hablaré primero de mi cualidad menos
afortunada: ser invisible. He de ser franco, desechaba las amistades fácilmente
y me era difícil de hacerme de nuevas; subía en un pedestal los requerimientos
(¿o me subía yo?) para extender la mano amiga y, ante la ausencia o falla, la
retiraba. Eso sí, en el ínterin no había nadie más leal que yo, modestia
aparte. De hecho, mi lealtad es inmutable, que no atienda con la misma
intensidad es otra cosa. No sé si eso de las lealtades haya sido conflictivo
alguna vez, que dos amiguitos se hayan sacado el moco a trompadas y ambos
hubiesen seguido amistados conmigo. Creo que no.
Hablo en pasado. No porque ahora me haga de
amigos a mansalva, los retenga a todos y los traicione, no. La verdad es que
hago pocos amigos, es casi un gusto nocivo por la soledad. Sin embargo, desde
no hace mucho, me prometí ser menos… yo. No ha servido de nada aún, pero las
razones de este análisis escapan al espacio de este texto, de por sí extenso.
Los amigos de la infancia, pues, se perdieron poco a poco: hoy me pudro felizmente
en mi soledad. Extensa, gloriosa soledad que me come. Este año me enseñó a que
no debo despreciar mi soledad, sólo debo buscar… otras que la complementen.
Realmente me di cuenta de eso hace poco, así que por el momento no hay mucho
que añadir a esto.
Es raro agradecer, entonces, a los que no
están. A los que, por una u otra razón, no son íntimos, no son tan compatibles.
Es raro, extrañísimo agradecer a quienes me permiten seleccionar mi soledad,
personas que están ahí y que son vitales porque me chasquean los dedos para no
dormir demasiado: personas que son como un filtro que especifica mi soledad.
Verlos de fuera es una suerte de bendición. Pueden ustedes pasar de lado (no
importa, soy invisible) pero en cuanto tengan alguna necesidad, estaré para ustedes.
Incondicional y fielmente. Yo no los molestaré.
No hay desdén en este raro catálogo. Si hubiese
desdén, ni me preocuparía en mencionarlos. Es sencillamente la definición del
amigo que no es como la mugre de nuestra uña. Pero esa palabra “amigo”, que en
ocasiones tomamos a la ligera y otras no, tiene peso importante. Ese extraño
que es más que conocido, menos que íntimo.
Apellido
Extrañezas también las de este año con respecto
a la familia. Se olía, creo, desde finales del veinte trece, pero como que se
asentó este año. La familia de estroto lado se quedó igual. Pinche primo mamón,
por ejemplo. En la de aqueste lado, donde no he sido así que digan la estrella
del chou, sentí una simpática unión que no había percibido nunca. Quizá es sólo
una coincidencia. Lo cierto es que, al ser el penúltimo nieto (de doce), yo no
tenía mucho chiste. Quizá las cosas gravitaban ya muy cómodas y los dos
apéndices (mi hermana y yo), no alborotamos mucho el gallinero. Por eso, de
pronto adquirir un papel más o menos más relevante, salta a la vista.
Todo fue antes del desaguisado, del que no les
cuento porque no les importa (a menos que seas primo, entonces sí). Las
afamadas noches de fritanga y tequila, (que después pasaron al póker por
influjo de los más chicos: mi hermana y yo, par de viciosos de Satanás) marcan
un sentido de más pertenencia, pues caen en nombres definidos. No se trata de
dos frentes preparados para la guerra, se trata de una evolución natural y
obvia que no traiciona la sangre, pero sí la selecciona. Esas dos líneas, si
existen en verdad, se seguirán queriendo como siempre, tan sólo se acomodaron.
Creo. Es mi percepción.
Los Saturday
Night Tequipóker, empiezan a tomar lo que cuando seamos rucos se llamará
tradición, recuerdos, añoranzas, experiencias, “te acuerdas de…”. Risa fácil,
ambiente sano, con todo y el par de botellas de tequila por reunión. Todavía no
nos partimos la madre a puño limpio, por ejemplo. Ni siquiera apostamos dinero
de verdad. Confunden aún qué mano le gana a qué mano, nadie sabe jugar en serio
dominó, las damas chinas son una mentada de madre donde escupimos improperios a
quien nos bloquea el camino y todavía no jugamos Scrabble, donde sospecho que saldría ganando (una vez, en otra
noche que no era de tequipóker, me batearon un verbo con el pronombre –le de
objeto directo, y aún así les quebré el léxico en semas).
Agradezco las noches de alcoholes, fritangas “de
pueblo”, chelas, Superboules, tequilas, #CucoStyle. Algo tiene el Texas Hold’em que causa furor. Y, como a
todos nos va mal en el amor, ganamos siempre. Hell yeah. Gracias por eso.
“Laalavat jouset”
Inevitablemente mencioné la palabra: amor.
Quien no me conociera, al poco se daría cuenta de que es el eje principal de mi
vida. Valiendo madre. Obsesión de chiquillo: papá y mamá, la historia de
siempre. Me prometí, entonces, buscar el amor verdadero, no chingaderas. Adopté
un sistema radical, que me azota con látigo ponzoñoso a cada mínima
oportunidad. Por eso salí romántico (léase, nota de siempre en mis escritos,
decimonónico). Antes de desarrollar este eje (el segundo se resume en una
palabra: fracaso) que también acabó mal, quiero agradecer a mi amiga la Comadre.
Todos saben que se me da mejor escribir que
hablar, hablando soy muy bobo. A Comadre la pongo aparte porque, aunque otros
me escucharon, ella se chutó la tesis sobre la patología aquella dicha más
arriba y yo me chuté otra suya sobre el contrabandista de Corellia (yep,
necesitan ser fanáticos de Star Wars para
hallarle a la mención). Comadrita, gracias. Espero redactarle tesis, pero de
cosas alegres; espero lo mismo de usted. Escucharle también es grato. Es como
si, luego de la batalla, dos guerreros fuesen a la taberna para brindar por las
derrotas. Anima.
Gran comadre, la Comadre. Uno entiende porqué de
pronto se le juntó “la chamba”; su energía, su gracia, su carisma, su descaro,
su filosofía son como un surumi. Tsunami, quiero decir. Que la Fuerza me la acompañe.
Con mi Comadre, me tomé la pausa necesaria para
ver las cosas desde arriba, con la tranquilidad de quien bebe despacio, sin
prisa, la espumosa cerveza germana (que jamás he probado) de una rústica
taberna de Hamburg (donde nunca he ido) La ya citada palabra que empieza con
‘a’ y termina con ‘mor’ sabe peor desde lejos, pero te permite disfrutarla mejor
a la hora de los macanazos.
No es secreto sobre quién caen (caían) aquéllas
dos sílabas pero, para no perder la costumbre, no diré su nombre. De hecho,
tampoco daré detalles: eso me incumbe a mí. Quizá un par de cosas a ella, pero
escapa de los reflectores públicos.
Fue como tallar una gema. ¿Qué tanto funcionó
que, en efecto, lograra en base a mis ensayos (cartas de tres cuartillas, Times
12, 1.5 interlineado), sentir ella consuelo, guía, alivio, algún momento de
distracción feliz? No sé. No importa. Eso buscaba. Lo demás era extra: amar es
dar sin esperar nada a cambio. Frase ya muy choteada, pero verdadera. Frase que
da entrada para explicar el galimatías del subtítulo. Es savo, un dialecto finlandés. Lo tomé de un grupo de folk-metal, Verjnuarmu. Significa, si hemos de
creerle a la página de internet ésa, “arcos cantores”. Más o menos. Es una
metáfora del sonido del arco que lanza la flecha, el silbido que hacen las
flechas al caer, como lluvia mortal, al campo de batalla.
“Laalavat jouset” retrata en animados 4:09 minutos el horror de la batalla:
el sabor de la derrota. Me permito copiar una estrofa en savo y luego su
traducción al español que viene a su vez de una traducción en inglés. Así, bien
profesional la cosa.
Virittyy jänteet laalaa jouset kuoleman laaluva
Tuhannet soettajat laaluun yhtyy, taevas täättyy mustista nuolista
Se saje kun tulloo vaenooja parkuu kuolemanpelekova
Tuhannet viholliset joukkona kuatuu, tanner täättyy verestä ja suolista
(Las cuerdas están preparadas,
cantan los arcos la canción de la muerte.
Miles de jugadores se unen a
la canción, el cielo se llena de flechas negras.
Cuanto cae esa lluvia, los
opresores gritan en su miedo a la muerte.
Miles de enemigos caen lado a
lado, la tierra se llena de sangre y vísceras.)
Un curioso que se las haga de lingüista notará
que tuhannet es “mil, miles”; que laalaa y laaluva
es la misma palabra, diferente expresión de la misma, y tiene que ver con
“canto” o “cantar”; notarán que kuoleman
es “muerte”, quizá declinado en genitivo; kuolemanpelekova
nos muestra que el savo no sólo
declina, aglutina. De nada.
Esto es el coro de la canción. Dios me libre de
ser un opresor, pero es evidente que me cuento del lado de los derrotados. El
amor es una guerra en la que el triunfo es la conquista propia. Uno se vence a
sí mismo, a sus propios enemigos para salir luego con todo el esplendor de su
propia armadura. El dragón que espera en la torre no es nuestro, es de la
princesa; uno es escudero de ella, de ella es la responsabilidad y el honor de
derrotarlo. Ella, la princesa, no es débil; ella puede vencer a su némesis. Que
dos almas coincidan en la lucha, que al momento de la batalla se den cuenta de
que quieren continuar la guerra juntos, es la consumación de la verdadera
victoria. Ambos lucharán entonces con sus mejores galas a enemigos cada vez más
terribles. Dos manos que deciden ir juntas por el mismo camino: la vida. La
vida es una guerra eterna.
No perdí este lance. Me rendí. La canción me
coloca (me coloco) en ese campo de agonizantes. Orgulloso derrotado por la
guerra más noble de todas. No morí: vivo. Arrastrando la espada, pesada por
falta de fuerzas; pisando los charcos de la sangre de mis monstruos; llorando lágrimas
que saben a tierra y metal, ondeé la bandera blanca.
Ahora te hablo a ti.
Sentí que debí decirlo. Que ya no más. No
escucharás de mí lo que de tan obvio, te era incómodo, aunque callases. No
encuentro aún la forma correcta; llevo un mes (prácticamente) pensándola. Baste
ahora que lo sepas. Verás, eso implica finos detalles. Algo de una confusión
que todavía está ahí, como una espina. El vago llanto que toda derrota tiene.
¿La casualidad de habrá puesto frente a mis escritos de las últimas semanas? Ni
siquiera en eso caben mis razones... Y tú, ahí, flotando…
Pero te agradezco. Las metáforas luminosas
donde caías y que no diré para convencerme de mi derrota, nunca fueron al azar.
Jamás fueron espejos, fáciles salidas a un juego del que quería salir ganador. La
única mentira que soltaba era el “bien” al “cómo estás”. Con todo, y lo sabes,
“estar contigo es como volver de la guerra”. Entraba en otra. Una que, de
hecho, disfrutaba. No importó. Mi sino es la guerra, mi obsesión. Y la
incapacidad para resumir en dos párrafos lo que no quiero decir después… mas
habré de hacerlo.
(No, no me despido. No es la idea.)
El futuro es lo que nunca será
Tiempo fuera.
Es ilusorio colocarle un límite al tiempo y
pretender que los astros alinean los chakras para que todo lo que decretemos en
los primeros minutos de nuestra arbitraria medición temporal, se cumpla como
por obra del arcángel Samael. O como se llame. El 31 de diciembre y el primero
de enero están apenas iniciando invierno, como que sin mucho chiste. Más
significativo lo que hacían civilizaciones antiguas: colocar el inicio del año
en primavera; rejuvenecer con la
Naturaleza.
Pero mentalmente funciona. El cerebro decide
engañarnos para sobrevivir a la terrible, fementida vida. La actitud que
debíamos tener durante todo el año (y que se perdió en febrero), renace como el
fénix más chiquitito del mundo. Una chispa, como la de la pirotecnia que
llamamos “ratones”. Promesas de un lado, promesas del otro. Todo es risa y
diversión en la primera semana de enero. La Rosca de Reyes, último reducto para el estómago
castigado de jolgorio navideño, se toma con optimismo. Sacar el Niño es un
feliz acontecimiento que luego pasa a unos “tamales que yo ni quería pagar”.
Normalmente les jodería diciéndole que ni se
molesten en hacer promesas de Año Nuevo, sobre todo si me involucran. Pero no
importa, háganlas. Sería mucho mejor si las publican en conveniente lugar
imborrable, para que, en abril, se asomen a ellas y se trague la tierra su
vergüenza o se calle el miserable bocón que no les tenía fe. El propósito
número uno de Año Nuevo debe ser, cumplir los propósitos que se harán.
Inconscientemente, yo haré un par, pero los
disfrazaré de esperanza. Este año, me diré, tendré lo que sueño. Los dos ejes
girarán como Newton manda. Yo inventaré señales de hados que, durante el
proceso de las uvas y la cena al son de Johann Sebastian Bach, indicarán mi
futuro año. Romanticismo. El poeta es quien desentraña las palabras de Natura,
quien se asoma al intoxicado mundo de insensata modernidad y descubre los hilos
de lo verdadero. Mi caso es el peor porque dependo de lo que los dioses me
indiquen, no de lo que yo sea capaz de hacer. Leeré en el cielo los signos de
mi guerra ganada. Sabré que, al fin, estará escrito en plata mi triunfo. Con
renovada fe, mi año caminará bajo la luz de mi propio engaño. Renegaré de este
último enunciado.
Y correré al futuro, a intentar hacer de él el
libreto que ansío por escribir. Correré y correré. Eterno maratón que terminará
el día que besen mis párpados la tierra, mi lecho final.
“It’s over Anakin! I
have the high ground”
La esperanza muere con quien la porta. Embriagado
de ella, los saludo. Les deseo lo mismo que ya auguro para mí: triunfo; que sus
guerras les sean livianas, cómodas, teñidas de púrpura y olivo. Gracias, una
vez más, por el año que se resiste y habremos de cortarlo de tajo, dejar que se
incinere con el impulso de su propio salto.
Adiós, adiós veinte catorce. No te extrañaré.
Gracias a los que se quedarán, a los que
llegarán, a los que se irán, a las nuevas historias que, pedazo a pedazo, se
escribirán para que sean leídas el Día del Juicio. Si se van, aunque sea por la
puerta de la ignominia, sepan que no serán en vano los momentos amables. A
quien llegue, gracias desde ahora por herir o sanar; por reír o por llorar. No queda más que cerrar el capítulo. Punto final.
martes, 23 de diciembre de 2014
Navidá
Navidad. Admitámoslo, el ambiente es otro. Se
respira algo que no se respira en otros meses, como si una energía que manase
de la gente (o simplemente de los colores, olores y sabores de la publicidad)
inundara todo a nuestro alrededor. Los arbolitos con sus coloridas series se
asoman a cada ventana de cada casa de la ciudad: los arbolitos pecan de
vanidosos. Flores de nochebuena se venden como los pollos en la noche del
veinticuatro, curioso espejo de las de cempasúchil apenas un mes antes. Muerte
y vida. Las flores saben de ironías.
Piñatas de cuatro (y no siete) picos cuelgan de
todos lados y no falta el automóvil disfrazado de reno; la nariz roja oculta el
logo de la Volkswagen ,
los cuernos mal alineados embisten a diestra y siniestra, sobre todo luego de
una posada. Pésimo gusto. Santoclós (como le llamaban antaño al obeso viejo de
rojo) adorna los techos de las casas, las ventanas de los departamentos, la
cola de la madre de la Cocacola. Los
especiales navideños de la televisión ofenden al buen gusto pero uno siempre
mira con culpabilidad Home alone; Mi pobre angelito para los que no
masticamos el inglés (¿de dónde sacaron el título en español?).
La gente se pone de buenas. A veces se acuerda
que se celebra el nacimiento de Dios y no al Panzaclós. Dios tiene mérito,
ateos: por un instante la gente se comporta con tantita madre. El prójimo no
es, momentáneamente, un reverendo hijo de la chingada; al contrario, es un
excelentísimo hermano en Cristo. Alabado sea el Señor. Paz en los hombres de
buena voluntad. Etcétera.
Lo peor es que eso se contagia. Uno empieza por
ver con compasión lo que más odia y las fantasías sobre la hipotética muerte de
aquello odiado bajan de nivel Tarantino a nivel caricatura de Disney. Pero
bueno, al menos muere. Al mismo tiempo, uno es consciente de que, en el fondo,
está participando de una farsa. A Dios se le acaba el punch apenas pasa la primera semana de enero. Mas, si somos justos,
la culpa es de los hombres. Dios les deja decidir (o bien, Dios no existe y,
por lo tanto, jamás tuvo punch).
Navidad es instante. Un instante que, por
cierto, debe ser perfecto. Qué dirán los invitados si no servimos sidra de
importación. Qué dirá la esposa de tu tío Falopio si el lomo no es lomo. Qué
dirá la tía de la esposa de la prima de tu cuñada si no tenemos a Handel en el
repertorio musical de la casa. Allá va uno (bueno, no yo, ni me han contado,
pero imagino que pasa) al Mixup preguntándose si Handel está en la sección de
salsacumbeando o en la de clásicos de la banda. Espejismos. La cena se proyecta
perfecta, desde los alimentos hasta la mecánica del intercambio (claro, hay que
dar un regalo decente, no vayan a decir que aquí somos nacos). En suma, se
trata de pintar la casa como para que la naca familia no note que el anfitrión
es igual de naco que ellos. El orgullo se salva cuando se habla bien del local.
La mecánica de la perfección es explotada (o
quizá sugerida) por las malditas empresas represoras. Las plazas comerciales
son una apología al lujo. Los que cagan fino van por ahí, apestando con su
perfume, cargando mil y un bolsas con mercancía que en el Centro valen diez
veces menos y son de mejor calidad. Pero en el pinche Centro no tienen
etiqueta. El lujo tiene tintes ridículos: el perro estrena en Navidad una
camita de seda; el cabrón la guacarea al día siguiente de pavo. El
mefistofélico dueño o dueña de aquellas marcas de cuyo nombre no quiero
acordarme, sonríe complacido. El Niño Dios es buen negocio.
Algunos pudientes que quieren salir en la tele
o en las revistas que nadie compra, porque nadie pinches lee, hacen algunos
donativos a los que cenarán frijoles el veinticinco. La escena es asquerosa: la
hipócrita clase alta, la miserable clase baja que asume su papel de víctima y
espera, sólo espera beneficios sin mover un dedo. Los hay. Al pobre no hay que
adornarlo, hay que ocuparlo. Al rico se le condena, pero si nosotros tuviésemos
el mismo poder adquisitivo, el rico nos sería indiferente.
Hay un cuento muy cursi, muy ñoño, muy tierno y
muy cristiano que se llama “El sueño de María”. María, madre de Dios, le cuenta
a José que había soñado que, en el día de nacimiento de su Hijo, la gente hacía
una fiesta glamorosa, estridente, colorida. Todo era risa y diversión, pero el
festejado no era Jesús. Terrible contraste. María se consuela con que todo era
un sueño, dejando al lector creyente con la sensación de que la fue concebida
sin pecado, les acaba de meter lo impronunciable por agujero del pundonor. Yo
no soy tan drástico. Ignoren a Cristo, no hay pedo. Él es una representación de
la divinidad, como lo es Buda o Mahoma. Mientras cultiven los valores más
nobles de las religiones, todo bien. Pero no seamos hipócritas.
No coloquemos el nombre de Dios en acciones
banales. No aboguemos por la concordia (si se fijan: “con-“, “cardio”) entre
los hombres cuando apenas el día de ayer le reventábamos la madre al vecino
imbécil que estornudó muy feo y nos espantó al gato. No hablemos de paz si
mañana aplaudiremos a quien recete de insultos ingeniosos al Copetón de mierda.
No digamos que amamos o queremos al de junto, pinche cuate que ni conocemos,
sólo por ser Navidad; no mamen. Las reglas de cortesía, moralidad y lógica
destrozan todo lo anterior. Quizá Dios desprecie más a los hipócritas (estoy
seguro que lo leí en alguna parte). ¿Han visto esa película mexicana donde un
Niño Dios güerito y simpático hace volar unos canarios? Cuando ya es mayor, su
primo Juan el Bautista, interpretado por un fulano que ahora no importa, grita
a los malosos con enjundia chocante, sentimiento de telenovela barata: “¡Raza
de víboras!” Así imagino que Dios les grita a los hipócritas, manga de cabrones
falsarios.
Que la Navidad , pues, sea si quieren un instante. Pero
un instante honesto, puro, desnudo de pretensiones, de bondadosos actos
derivados de un deber impuesto y no nacido. Si quieren matar al vecino,
adelante. Si de pronto lo aman como Jesús amó a sus discípulos, adelante. Pero
que todo sea de corazón. El verdadero significado de la Navidad (si es que no lo
ha perdido) es… bueno, no sé. Pero si es bueno y divino, no tiene cabida en
corazones hipócritas. Aquéllos que ardan.
Y, como debo ser coherente con mis palabras,
les deseo Feliz Navidad a quienes me lean. A quienes no también. De los
primeros, quizá hay unos que les deseo con más honestidad que otros. De los
segundos, también. No creo que haya entre quienes me lean alguien que no le
deseé Feliz Navidad, debe estar en el segundo grupo, pero si está acá, muérete
puto (sí, es masculino; no, no es quien creen… o quizá sí).
Abur.
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viernes, 19 de diciembre de 2014
El fin de la historia
No era extraña para Däsderf aquella situación.
Con una sonrisa amarga, desde el fondo más húmedo de su celda, recordó cuando
en Thíoen, atado a una columna que hendió la carne de su espalda lenta y
mecánicamente, miró por vez primera los barrotes de una prisión desde su
interior. En aquella ocasión su ejército organizó un rescate precipitado, mas eficaz.
Pero eran otros tiempos. La guerra se había reactivado luego de diez meses de
pasividad fastidiosa y Thíoen fue, en verdad, una de muchas batallas minúsculas
y terribles que marcaron el punto final de otra historia. No ahora; ahora la
paz consumada sonreía hipócrita a las potencias que buscaban el mínimo
pretexto; ahora, en verdad, cada quien era responsable de sus propias guerras.
Däsderf lo sabía, por eso rechazó cuatro veces el recurso del abogado ansioso
de firmar un eventual, masivo llamado a las armas: la misión era personal y su
éxito o fracaso dependía de sí mismo.
Está de más decir que había fracasado.
El carcelero, que compartía el segundo nombre
de Däsderf, se plantó frente a las rejas y clavó su mirada en la figura
encorvada del caballero Plateado. Éste sintió la mirada, pero permaneció en su
posición: media flor de loto con los brazos sobre las piernas, las manos
sosteniéndose una a la otra. El rostro bajo, ojos cerrados. Así pensaba mejor,
si bien es cierto que su pensamiento vagaba entre infinidad de situaciones,
muchas de ellas totalmente incoherentes, como qué habría de comer en ese mismo
instante en la casa de su amigo, el almirante e ingeniero capitán segundo “el
Pollo”.
El carcelero, molesta y necesaria metáfora de
la realidad, rompió el ensueño:
—La princesa pide permiso para verle, Plateado.
¿Le doy entrada?
Däsderf, abrió los ojos primero, con la rapidez
de quien ha tomado una decisión. Un segundo después, alzó la cabeza lenta y
dignamente. Echó hacia atrás los hombros con un suspiro y, sonriendo,
respondió:
—Esta es su prisión. ¿Por qué pediría permiso?
—Hay reglas, señor —titubeó el carcelero.
—No —corrigió Däsderf—. Ella teme entrar. Es
eso.
En retrospectiva, había sido fastidioso. Las
defensas del castillo eran invulnerables para un hombre solo, sin embargo, las
órdenes de la princesa habían sido tan sólo utilizar una tibia ofensiva que
caía, casi, por el impulso propio de quien teme fracasar. O herir. O conocer:
Däsderf tendría que haber llegado a la Cámara
Real y asesinar (digámoslo de una buena vez), a cierto
príncipe que planeaba hacerse del reino y dejar a la legítima heredera con
nada. Däsderf nunca supo si la princesa se enteró: si la tibia defensa (único
poder que no había perdido, el de proteger el castillo) era un plan para
facilitar las cosas, o si Su Excelentísima Realeza era muy mala estratega y en
verdad confiaba en el judas y quería, pero no podía, detener al quijote. En
cualquier caso el caballero leía lo mismo: miedo.
—Le recuerdo que usted es prisionero de guerra
y le debe respeto a Su Majestad —increpó el carcelero.
Una de esas sonrisas desdeñosas, de las que uno
usa cuando sabe más que el otro, cruzó como veneno la faz de Däsderf.
—Su Realísima Alteza no me derrotó, carcelero…
—la pausa acentuó el desdén con que fue dicha la palabra— yo me entregué. Y,
por cierto, en ningún momento hubo declaración alguna de guerra. De su parte
—añadió, porque mentiría si él no consideró como tal su infértil misión.
La princesa debió ser muy querida por sus
súbitos, porque el carcelero lanzó una mirada cargada de odio al insolente
caballero. Éste la sostuvo no por desafío, sino porque creyó merecerla. Apretó
la mandíbula y, bajando la mirada, musitó apenas:
—No. Que no pase.
Si se había entregado era porque, estando tan
dentro de su misión, volver atrás en silencio hubiese sido deshonroso. Además,
había visto los restos del espurio príncipe arder, no muy lejos de la Cámara Real , con el aire de
quien ha muerto por accidente. Incapaz de sentir lástima, odió no ser él quien
hubiese cortado de tajo el hilo que el alma de su obsesión sostenía con los
dioses. Aquel día (aquella tarde que acariciaba la noche), levantando la mirada
a la torre, vio luz en la
Cámara de la princesa. Fue entonces cuando corrió al aposento
y ella le negó el paso y le regresó la tiara de plata. Una última ofensiva,
tras los veintiocho escalones, le salió a paso. Apenas más agresiva que las
anteriores, Däsderf la ignoró y volvió a su refugio. Al amanecer se entregó.
Por consideración, la princesa le permitió portar el Brazalete y la bolsa con
sus provisiones, incluida la diadema.
—No puedo admitirla aquí —continuó—, no ahora.
No hoy. No sé cuando, no sé cómo. No sé si en verdad querré verla… otra vez.
Tiempo atrás, en un mundo que parecía otro,
Däsderf había invitado a la princesa al río que cruza el Bosque Trinë. Suave,
silencioso río que desemboca tranquilo en el lago Tefazi, justo frente al
Templo de los Cuatro Sabios. Barcos de plata, construidos por los sináe,
navegan con calma los ancianos árboles que, de noche, se iluminan con el
reflejo de las antorchas en la superficie como espejo puro de las aguas. Esa
noche, Däsderf había contado las estrellas que cabían en una gota del lago y le
había regalado la tiara con la advertencia necesaria: “cuídala mucho”.
—Su nombre, en el pico de la luna. Faro de
celúrea luz. Mariposa de nevadas alas. Rosa sonrojada con mi sangre… ¿Qué mar
de epítetos no cayeron, como cascada, de la inspiración de la Plata ?
Todavía los tambores resonaban en sus oídos.
Golpe tras golpe, rítmico latido de un monstruo gigante que, en el camino real,
bloqueaba las puertas del palacio. Fue quizá el único reto que hubo en la
misión: uno que la princesa no controlaba. Montados en búfalos
desproporcionados, trece guerrilleros, bastardos de demonio, habían hecho el
suficiente daño como que para Däsderf, superviviente de batallas más
escandalosas, tuviese miedo de caer. Pero allá, al noreste, su estrella le
guiaba.
—Los dioses me habían mandando las señales.
Pero, como sucede con los dioses, su mensaje fue claro tan sólo al final,
cuando el tablero vacío de oportunidades sólo conoce el mate. ¿Sabes de lo que
hablo? Se hace suficiente oscuridad en la demasiada luz para distinguir el
fatal signo. Inconfundible trazo que marcaba la tendencia desde el inicio.
Había caminado hacia las celdas. Con la tiara
aún en la mano, tocó la puerta de roble que se abrió al primer toque. Tremenda
ironía, la puerta de la Cámara
era de cristal. Los guardias, que nunca en verdad le cazaron, pensaron que era
un emisario del reino vecino y que había entrado ahí por error. “Mi nombre es
Däsderf Fasdeeli. Me manda la princesa Niëbya. Soy su prisionero.” Incluso el
enunciado, que procuró entonar con dramatismo, fue ridículo: los guardias le
obligaron a esperar en la oficina del director mientras consultaban con la
princesa. El mensaje nunca llegó o ella nunca respondió, el chiste es que
Däsderf se metió adrede luego de insultar a dos o tres guardias, sólo para
formalizar al asunto. Tres horas después la princesa concedió el permiso sobre
el Brazalete y la bolsa. Nada más. Hasta ese día, en el que, tímida, pedía
audiencia.
Däsderf se levantó y, dándole la espalda al confundido
carcelero, miró por la pequeña ventana que había en la celda. La vista era
horrible: daba directamente a la torre de la Cámara. Tras unos segundos de
silencio, cerró los ojos y recargó la frente en los barrotes de la ventana.
Helaban. Däsderf oprimió con más fuerza la frente, ignorando la gélida
sensación. Todo se había acabado, qué importaba más dolor. Quizá el carcelero
notó una fuerza de la que compartía sus principios, porque esperó a que el
Plateado volteara a verle. La marca del metal en la frente, poco estética,
estaba roja de tanta presión.
—Que no pase —dijo.
—¿Alguna razón en especial… General?
—No es lugar digno para Su Alteza… En cuanto
cumpla mi condena… yo mismo la buscaré. —Luego añadió, como para sí mismo—: “No
entres…”
Era absurdo. No había ni siquiera cargos, menos
condena. Pero sobraban las explicaciones. Däsderf sabía que la princesa tomaría
la estúpida justificación como lo que era: un rotundo no, nulas razones que
pudiesen explicarse entonces.
El carcelero salió, haciendo sonar las llaves
con sus pasos. Minutos después, solamente, Däsderf notó que había dejado una
carta en el piso de su celda. Inconfundible, la letra de la princesa en tinta
azul mostraba franco algún mensaje. Dudó.
A mediodía,
cuando las campanas del templo de Elwa llamaban a la Fiesta de la Rosa , Däsderf quebró los
goznes de su prisión. Los guardias habían salido a la procesión: sólo había un
recluso, general Plateado, demasiado noble como para escapar. La imponente
puerta de roble se abrió sollozando, como si se hubiese desgarrado una tela
hermosa. Una hora después, Däsderf miraba las murallas desde el Paseo de los
Nobles, muy lejos ya como para distinguir la ventana de la Cámara Real. Una lágrima,
una sola, en la que cabía una sola estrella, se ahogaba en los párpados para no
caer.
En el piso de la celda, sin tocar siquiera,
seguía la carta.
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