Sol de agosto que maltrata, mata con sadismo naranja. Golpea y evapora a las nubes que aterradas huyen dejando el espacio limpio, sin nada. Sol de agosto que reina sobre el azul celeste, que alumbra el plomo y el dióxido de carbono. Metálicamente nos cubre un cielo inclemente, al que Tláloc desafía a veces violentamente con granizo y agua que ahoga la peste, el maldito rayo solar que incinera la mente, luz corrompida que degrada al norte los polos, inunda al centro las costas, golpea 2012 veces en dialecto maya. El sol de agosto que quiere mandar a todos en diciembre a la chingada.
Sol de agosto y se evapora la vida. Vampirismo necesario que renueve con ironía. Noche, luna y lluvia bendita. Café, lectura, sueño y las estrellas son el día. El ritmo necesario de un latido. La rosa de los vientos que nos guía. El obligado rezo a Inmortales que callan. Que sonríen francos en eterna burla incomprensiva. Noche, y noche, y noche sigue la vida. Lluvia, bendice y ahoga la fatiga de soles de agosto y de noches repetidas. De luces falsas y derrotas desabridas. El sueño es mágico por que en él todavía se vive otra vida y no sol de agosto, que desde julio, mató la vida.
Desfiguros literarios. Vómitos intelectuales. Quejas insostenibles. Suicidos de plastilina. Versos semiprofesionales. Bach, a veces, pero en el Tuiter. Batman no aprueba este blog.
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jueves, 11 de agosto de 2011
viernes, 1 de julio de 2011
Waiting in the rain
No dejaba de llover y esperaba. Bajo la lluvia, viento, impávido, esperaba. En algún punto distante de la carretera sabría que vendría a verle. Sabía que tomaría de nuevo su mano. Estrecharía de nuevo aquel cuerpo frío por tanto mojarse, de tanto sufrir el azote del gélido viento. Tocaría nuevamente ése rostro por donde varias veces corrieron lágrimas, muchas secadas por la mano mismo de quien esperaba. Aventuraría un beso en aquella frente, en aquellas manos, en ésos labios que se habían perdido en una memoria confusa, ávida de ellos, pero que había olvidado su forma y sabor. Esperaba.
Bajos sus pies, encogidos de frío en sus zapatos, corría como un pequeño río la lluvia que se perdería en las alcantarillas de la ciudad. Por su espalda corría una grosera gotera, de agua mugrosa y negra, más fría que la inclemente lluvia, pero esperaba. Se había prometido no moverse, hasta que viera aparecer su figura, moviendo los brazos con la sonrisa de siempre, soltando la risa armoniosa que, en el silencio, arrullaba y hacía pensar en sueños cálidos y suaves. Se había prometido permanecer casi como una roca, soplando de rabia ante los automóviles que le salpicaban, escupiendo el lodo que se tragaba, limpiando con el dorso de su mano la mirada húmeda de lágrimas suyas y del cielo.
El sol parecía ocultarse tras esa maraña de nubes grises, empujadas por el viento a regañadientes. La pálida luz del farol zumbó con pereza sobre su cabeza y la lluvia, poco a poco, empezó a ceder. Los últimos trazos del dios de las lluvias agonizaron con dulzura, como notas musicales al final de una magna obra. El murmullo de los automóviles sustituyó al rumor de la lluvia y del cabello cayó la última gota, como un recordatorio de lo que se escapaba para siempre.
Entonces abrió una sombrilla y partió a su casa.
Nunca llegó. Nunca volvió a esperar.
Bajos sus pies, encogidos de frío en sus zapatos, corría como un pequeño río la lluvia que se perdería en las alcantarillas de la ciudad. Por su espalda corría una grosera gotera, de agua mugrosa y negra, más fría que la inclemente lluvia, pero esperaba. Se había prometido no moverse, hasta que viera aparecer su figura, moviendo los brazos con la sonrisa de siempre, soltando la risa armoniosa que, en el silencio, arrullaba y hacía pensar en sueños cálidos y suaves. Se había prometido permanecer casi como una roca, soplando de rabia ante los automóviles que le salpicaban, escupiendo el lodo que se tragaba, limpiando con el dorso de su mano la mirada húmeda de lágrimas suyas y del cielo.
El sol parecía ocultarse tras esa maraña de nubes grises, empujadas por el viento a regañadientes. La pálida luz del farol zumbó con pereza sobre su cabeza y la lluvia, poco a poco, empezó a ceder. Los últimos trazos del dios de las lluvias agonizaron con dulzura, como notas musicales al final de una magna obra. El murmullo de los automóviles sustituyó al rumor de la lluvia y del cabello cayó la última gota, como un recordatorio de lo que se escapaba para siempre.
Entonces abrió una sombrilla y partió a su casa.
Nunca llegó. Nunca volvió a esperar.
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