Quiero cantar.
Y que mi canto sea como la brisa
que te despeina,
que besa tu rostro impunemente,
que te acaricia,
que limpia -si lloras- los restos de sal...
Quiero cantar.
Y que mi canto sea como el firmamento
que miras bocarriba,
adivinando figuras en las nubes,
buscando la luz que te ilumine
en los días que impera la oscuridad...
Quiero cantar.
Y que mi canto sea la respuesta
a tus preguntas inconclusas,
a tus sueños que exhalas a suspiros,
a la sonrisa que se queda dentro...
Quiero cantar.
Y que mi canto sea el fuego
al que acudas cuando el frío sea mucho,
al que alimentes tan sólo lanzando un beso,
al que mires buscando un símbolo,
una lengua tan sólo,
un segundo,
uno, que derrita el nudo
que se hace de tanto llorar...
Quiero cantar.
Y que mi canto haga eco con tu nombre,
que haga rimas correctas e incorrectas,
poco importa, igual es música,
igual y es dulce miel,
astro rey,
divina ley;
tierna, fiel
rima que ligue
dos sonetos,
nueve décimas,
otros muchos versos libres,
silencios,
latidos,
dudas,
todo..
en nuestra canción...
Desfiguros literarios. Vómitos intelectuales. Quejas insostenibles. Suicidos de plastilina. Versos semiprofesionales. Bach, a veces, pero en el Tuiter. Batman no aprueba este blog.
jueves, 13 de noviembre de 2014
sábado, 8 de noviembre de 2014
Cuarenta y tres
Mi guerra es inútil, no hace falta que alguien
venga y me lo recuerde. Jamás esperé la victoria y, en el fondo, no creía en el
lema que nuestros estandartes ondeaban con endeble orgullo. Si luché, lo hice
para curarme de mis contradicciones, de mis errores; para que nadie me echara
en cara el miedo que me saturaba, que me hacía morder las sábanas rogando jamás
despertar. Luchaba por la imagen idealizada de mis principios, ese arquetipo
inaccesible a mi razón, pero formada con todo el ímpetu de mi corazón embriagado
de suspiros.
Por eso no fue extraño que tampoco hablara
aquella noche de septiembre, cuando yo y otros cuarenta y dos fuimos, una vez
más, a jugar este ajedrez que me despedazaba y me completaba al mismo tiempo.
¿Era yo el peón o quien lo movía? Sistemáticamente, en nombre de la Patria abstracta,
enfundados en el color de la sangre, salimos.
Hacía frío y, para mitigarlo, me acurruqué al
fondo del vehículo. “Sólo será un momento”, dije. Soñé que un poeta que no
creía en mí me hacía un poema al pie de una tumba. A sus pies había una espada
de plata: “Como tú, yo también sueño en mi imposible batalla.” En su mano
sostenía una estrella. Me despertaron los gritos de alarma de mis compañeros.
Busqué la espada que estaría, también, a mis pies. Pero no había nada, y el
sueño terminó por romperse no como se rompe el cristal de un cáliz hermoso, no.
El sueño sólo cayó, vulgar, como un escupitajo a la tierra inmisericorde.
Fuimos conducidos, boca abajo, por las avenidas
que tanto conocía, que tanto eran mías y que ahora eran la cuenta regresiva de
mi vida inútil que en vano intentaba rememorar. Algunos lloraban. Yo no quise,
o no pude. Ya era demasiado tarde para todo. Quienes me sucederían (¿era yo un
peón?) no lucharían por mi pasión confusa y secreta, como la que representaba
acaso esa estrella del sueño. Las palabras que recogerían de mis cenizas serían
sombra, el inexacto extracto de la más obvia (la más superficial) de mis
esperanzas.
Cuando me bajaron, estaba pensando en mi madre.
Sólo hasta ese momento. Antes no pensaba, en realidad. Todo era confusión, todo
era mi ser en cascada que caía sin aparente fin. Mi madre salió entonces, y con
ella el resto de mi familia tal y como estaban en la última fotografía, la que
colocaron junto al cuadro de la
Virgen de Guadalupe que cuelga del comedor de la casa. También
ahí me di cuenta que, algunos compañeros estaban ya muertos, sus cabezas dentro
de bolsas de plástico humedecidas de vaho y llanto. Agradecí que no moriría yo
así. Alguien, lejos, ofrecía no se qué trato a cambio de su vida. No lo culpo,
no quería traicionarnos, el miedo lo había traicionado a él.
Fui de los últimos que arrojaron a la montaña
de cuerpos y objetos bañados en gasolina. Seguía vivo. Tan sólo sujetas mis
extremidades por una cuerda ruda. Innecesaria: agradecí morir así. El silencio
que traía desde niño no me abandonó. Sin poder gritar, sin poder llorar, las
ampollas llegaron antes que la asfixia.
En el fondo, a mi corazón que latía
dolorosamente, yo le recitaba punto a punto las líneas de mi decálogo frágil (e
incompleto). Mi muerte no sería en vano. Pero no por las acciones que, peón,
realizaba. Ésas, que todos sabrán pronto, no eran yo. No.
Yo fui un poema que, sólo hasta el final, pude
terminar.
miércoles, 5 de noviembre de 2014
[anti]Soneto estelar
¿Por qué el
silencio es mi mejor arma?
Surcar quisiera
los míticos aires
hasta llegar al
pico más luminoso de la luna,
ahí, donde reposa
tu nombre a la luz de ésta.
Surcar por el
espacio nebuloso de los sueños,
robar acaso las
soñolientas flores del mejor jardín:
aquellas rosas
color plata que sólo florecen de noche.
Llegar y hablarte
como mi pequeñez nunca me ha dejado hablar;
llegar y descubrir
el centro de tu luz, robarle una sonrisa,
tallar en ese
núcleo mi nombre para que no me olvides
al momento de despertar,
al momento que nos rompa el sol.
Y llegar un
viernes más, cargado de silencio,
temeroso de errar,
esperando brillen tus hermanas
porque, Estrella, bajo la noche es más cálida tu hermosa luz.
miércoles, 24 de septiembre de 2014
Canción para cuando mires llover por la ventana
Llueve, y cada gota
que resbala
tras el cristal de tu
ventana
es una efímera palabra
de lo que siempre quise decir.
Mira cómo se aprieta
al cristal,
intentando agónica
adivinar
si es un suspiro lo
que dice tu mirar
pensando en lo que siempre te quise decir.
Llueve, mira, yo sé
que no disfrutas
al cielo llorando en
mi nombre,
esa incómoda humedad
que asusta,
ese río sucio que
tanto corre;
yo sé que ese llanto
cala hondo:
devora el calor, nos
deja tan solos;
yo sé, lo sé, pero
mira, sabe
que cada gota que cae
tan suave
es todo lo que siempre quise decir.
No, no salgas a la
feroz cortina
del agua oscura y
contaminada;
no, basta con que
abras tantito
la ventana, así, sólo
un poquito.
Que tu mano, la dulce
yema de tus dedos,
capture dos o tres
rebeldes gotas
y lleve, pues, a ellas
a tu boca…
perdón si es demasiado
osado el beso
pero ahí está todo el
peso
de todo aquello que te sueño decir.
miércoles, 17 de septiembre de 2014
Dime
Dime si la aureola de tu brillo no es
importunada por las petulantes sugerencias de otros autonombrados soles que te
quieren seducir. Dime si no evades tímida su órbita, tú demasiado noble para
violar los principios newtonianos de la cortesía. Dime si no desearías dejar de
correr, precipitada por la gravedad ineludible; dime si no quisieras descansar,
reposar y dejar que tu polvo descienda lentamente como quien llora agradecido
la paz. Dime si no quisieras ser una estrella fija que alimenta y se alimenta
de sus hermanas, que alumbra y es alumbrada por un nauta —bella palabra— que se
enamoró de tu luz. Dime si no quisieras cerrar los ojos y dejar que pisara tu
celeste cuerpo la mirada de quien te observa apenado de verte, de quien te besa
en silencio y despacio en garabatos que traza en las nubes, pensándote. Dime si
no quisieras acostarte y ver pasar en el cielo los símbolos astrológicos que
unan tu nombre con el de quien se arrima quedito a tu fulgor.
Viajé
desde el centro de un infierno de adjetivos impronunciables, de un calor sin
sol, de un frío sin luna. Viajé cerrando los ojos y esparciendo brochazos
negros a mis pies, deseando caer y ser parte de los condenados aderezados de
cobardía. Viajé en lenguas desconocidas por el corrupto latido de mi corazón
envenenado, por dialectos y acentos ajenos que coronaran el pecado de
desaparecer cuando la guerra no había terminado. Viajé lejos de la espada, el
escudo, de mi filosofía bélica y dejé un beso a medias, un beso de buenas
noches, puedes dormir ya. Viajé y miré a los cielos y vi luz; recordé.
Dime si no quisieras que el paraíso se colmara
de flores sonrojadas de tanta poesía. Dime si no quisieras leer el mismo el
libro a la sombra del mismo árbol. Dime si no quisieras la idealización de dos
rimas, de dos sueños, de dos rumbos que se hacen uno y se confunden porque
apuntan hacia la misma dirección. Dime si el camino que traza el ángel
desconocido no unió ya tu órbita con la errante vía del navegante agradecido de
encontrarte. Dime si allá en el Cielo, Dios no ha tallado ya en la piedra
inamovible, los nombres que se habían estado esperando…
Dime, dime sí.
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